Las plataformas de streaming modificaron hábitos que durante décadas parecieron inseparables de la televisión: horarios fijos, espera entre episodios y una programación idéntica para todos los espectadores.
Por: Marlene Vega y Álvaro Cruz
A Carlos le habría parecido absurdo que alguien le preguntara, cuando era joven, a qué hora quería ver su programa favorito. La respuesta no dependía de él. Si la serie comenzaba a las ocho de la noche, había que estar frente al televisor a las ocho. Si llegaba tarde, se perdía el comienzo; si sonaba el teléfono durante una escena importante, debía escoger entre contestar o seguir mirando; y si al terminar el capítulo quería saber qué ocurría después, tendría que esperar hasta la siguiente emisión.
Décadas más tarde, Carlos tiene 58 años y aquella relación con la televisión parece pertenecer a otro mundo. Una noche cualquiera abre Netflix, busca una serie, comienza un capítulo a las 9:17, lo pausa para preparar algo en la cocina y regresa varios minutos después. Cuando aparecen los créditos, apenas alcanza a preguntarse si continuará viendo porque una cuenta regresiva ya anuncia el siguiente episodio.
La televisión sigue frente a él, pero prácticamente todas las reglas que conoció durante buena parte de su vida han cambiado.
Netflix no inventó por sí sola la televisión bajo demanda ni fue la única responsable de la transformación. Antes y durante su expansión aparecieron el DVD, los grabadores digitales, internet, las descargas y otras plataformas. Sin embargo, consiguió convertir varias de aquellas posibilidades en una experiencia sencilla para millones de espectadores: escoger qué ver, comenzar cuando se quisiera, detenerse, continuar en otro dispositivo y olvidarse de que un programador había decidido previamente a qué hora debía sentarse la familia frente a la pantalla.
En Colombia esa transformación comenzó a sentirse con especial fuerza desde 2011, cuando Netflix llegó al país como parte de su expansión latinoamericana. La compañía recordaría una década después aquel desembarco como la llegada de “una nueva forma” de disfrutar series y películas en casa.
Hubo una época en que la televisión organizaba la noche
Carlos recuerda que durante años la programación tenía capacidad para modificar pequeñas rutinas familiares. La cena podía adelantarse porque comenzaba una novela, una serie o un partido; algunas llamadas se hacían antes del programa favorito y al día siguiente una escena vista simultáneamente por millones de personas se convertía en conversación en el trabajo, el colegio o el transporte.
No era solamente una limitación tecnológica. La televisión lineal producía una experiencia colectiva porque muchos espectadores estaban mirando lo mismo aproximadamente al mismo tiempo. El horario hacía parte del programa.
Incluso la espera tenía importancia. Un capítulo podía terminar dejando una pregunta sin resolver y esa incertidumbre acompañaba al espectador durante días. Había que imaginar qué sucedería, comentarlo con alguien y esperar la próxima emisión. La industria administraba no solamente las historias, sino también el tiempo entre una parte y otra.
Con la televisión por suscripción aumentó la cantidad de canales y aparecieron nuevas posibilidades, pero la programación continuaba existiendo. Uno podía tener cincuenta o cien canales y aun así preguntar: “¿Qué están dando?”. La parrilla seguía tomando buena parte de las decisiones.
Netflix terminó popularizando una pregunta completamente diferente: “¿Qué quieres ver?”
Ese cambio parece pequeño hasta que se observa lo que significa. El espectador dejó progresivamente de acomodar su tiempo al contenido y comenzó a esperar que el contenido estuviera disponible cuando tuviera tiempo.
Una temporada completa cambió también nuestra paciencia
En febrero de 2013, Netflix estrenó House of Cards y puso a disposición todos los episodios de su primera temporada al mismo tiempo. La decisión ayudó a consolidar una forma de consumo que terminaría asociándose profundamente con el streaming: ya no era obligatorio esperar una semana para continuar una historia. Años después, la propia compañía reconocería aquel lanzamiento como uno de los momentos en que se rompió el molde tradicional de distribución televisiva.
El espectador recibió entonces un poder que también traía una pequeña trampa: decidir cuándo detenerse.
Carlos lo descubrió años después con una serie que había comenzado simplemente para acompañar la noche. Terminó el primer episodio y decidió mirar otro. Después llegó un tercero porque el anterior había terminado precisamente en el momento adecuado para despertar curiosidad. Cuando finalmente apagó el televisor, había pasado mucho más tiempo del que inicialmente pensaba dedicarle.
La expresión “maratón de series” dejó de describir una programación especial organizada por un canal y comenzó a referirse a una decisión del propio espectador. Una temporada podía consumirse durante semanas, un fin de semana o, para los más entusiastas, en una sola jornada.
La plataforma contribuyó además a reducir las pequeñas fricciones que antes marcaban el final de cada episodio. Netflix permite configurar la reproducción automática para que el capítulo siguiente comience sin que el usuario tenga que seleccionarlo. Incluso su conocida pregunta sobre si el espectador continúa mirando aparece actualmente después de varios episodios consecutivos sin interacción con los controles.
La espera, que durante décadas había sido parte natural de seguir una serie, comenzó a parecer innecesaria.

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También desapareció aquella pregunta de “¿qué estarán dando?”
La libertad para escoger produjo una paradoja inesperada. Cuando había pocos canales, el problema era encontrar algo interesante dentro de una oferta limitada. Con los catálogos digitales apareció el problema contrario: disponer de tantas posibilidades que escoger puede convertirse en una actividad en sí misma.
Carlos y su esposa lo conocen bien. Algunas noches encienden el televisor dispuestos a ver una película y pasan varios minutos recorriendo portadas, leyendo descripciones, mirando avances y descartando opciones. Antes podían quejarse porque “no había nada”; ahora pueden terminar diciendo exactamente lo mismo después de haber navegado por un catálogo enorme.
La plataforma intenta resolver esa abundancia mediante recomendaciones personalizadas, categorías, listas y avances. Incluso permite configurar la reproducción automática de esos avances mientras el usuario explora posibles contenidos.
La experiencia televisiva dejó entonces de comenzar únicamente cuando aparecía la primera escena de una película. Empieza antes, en una interfaz que aprende preferencias, ordena posibilidades y presenta determinados títulos con la intención de reducir el camino entre abrir la aplicación y comenzar a mirar.
Ese proceso también cambió nuestro vocabulario. Ya no preguntamos únicamente qué programa vimos, sino en qué plataforma está; hablamos de temporadas disponibles, perfiles, continuar viendo y contenidos recomendados. Expresiones que hace pocos años no formaban parte de una conversación familiar sobre televisión hoy resultan completamente normales.
Colombia también empezó a verse dentro de aquella pantalla
La llegada de Netflix al país no transformó únicamente la manera de consumir producciones extranjeras. Con los años, Colombia comenzó también a convertirse en escenario, centro de producción y origen de historias creadas para una audiencia que podía encontrarse en numerosos países.
La compañía comenzó a operar su servicio en Colombia en 2011 y posteriormente avanzó hacia producciones locales. En 2021 anunció la apertura de una oficina en Bogotá y señaló que desde 2014 había invertido más de 175 millones de dólares en contenido local, además de anunciar decenas de proyectos realizados en el país.
Para el espectador colombiano aquello significó otra modificación silenciosa. Una producción nacional ya no tenía necesariamente que recorrer el antiguo camino de estrenarse en un canal colombiano, conseguir audiencia local y eventualmente intentar venderse en otros mercados. Una historia realizada en Bogotá, Medellín o cualquier otra región podía aparecer dentro de una plataforma disponible simultáneamente para públicos muy alejados del lugar donde había sido filmada.
La pantalla que durante décadas trajo el mundo a las salas colombianas comenzó también a funcionar en sentido contrario.
La familia dejó de necesitar ponerse de acuerdo
Quizá uno de los cambios más profundos ocurrió dentro de la propia casa. Durante buena parte de la historia de la televisión, el aparato fue un objeto compartido. Había que negociar el canal, respetar el programa que estaba viendo otra persona o esperar hasta que terminara.
Hoy una misma familia puede encontrarse físicamente bajo el mismo techo y estar viendo cuatro historias diferentes. Una persona utiliza el televisor, otra continúa una serie desde una tableta, alguien mira una película en el computador y otro lleva el teléfono a la habitación.
Netflix contribuyó a normalizar esa experiencia mediante perfiles y la posibilidad de continuar contenidos en diferentes dispositivos. La televisión dejó de ser exclusivamente aquel mueble alrededor del cual se reunía la familia y comenzó a convertirse también en contenido que acompaña individualmente a cada espectador.
Carlos disfruta esa libertad. Puede ver una serie que a su esposa no le interesa sin obligarla a acompañarlo y ambos conservan sus propios avances. Sin embargo, algunas noches todavía recuerdan algo que aquella comodidad fue haciendo menos frecuente: esperar juntos un programa porque no existía otra manera de verlo.
No necesariamente era mejor aquella televisión ni es peor la actual. Lo verdaderamente interesante es comprobar cuánto cambiaron nuestros hábitos sin que hubiera un día específico en el que nos reuniéramos para despedir la vieja manera de mirar.
Durante años adaptamos parte de nuestra vida a la programación. Hoy esperamos que la programación se adapte a nosotros.
Y quizá allí se encuentre la transformación más importante que Netflix ayudó a convertir en costumbre: la televisión dejó de decirnos cuándo mirar. Ahora somos nosotros quienes decidimos cuándo empieza la función.

Escoger también terminó convirtiéndose en parte de ver televisión
La abundancia de opciones modificó una costumbre que Carlos apenas recuerda haber tenido cuando era joven.
Entonces podía consultar la programación del periódico, cambiar varias veces de canal y finalmente quedarse con alguna de las pocas alternativas disponibles. Hoy puede sentarse dispuesto a ver una película y descubrir, veinte minutos después, que todavía continúa recorriendo el catálogo sin haber elegido ninguna.
La contradicción resulta interesante: durante décadas soñamos con una televisión en la que pudiéramos escoger lo que quisiéramos y verlo cuando nos provocara. Cuando finalmente apareció, descubrimos que la libertad también exigía tomar muchas más decisiones. Ya no basta con encender el aparato; hay que escoger plataforma, género, película o serie y decidir si realmente queremos dedicarle las próximas dos horas.
Netflix intenta reducir esa incertidumbre mediante una experiencia personalizada. Cada perfil puede tener sus propias sugerencias de películas y series, lista, calificaciones, historial y configuración de reproducción. En una misma cuenta pueden existir hasta cinco perfiles, lo que permite que la plataforma diferencie los gustos de quienes viven en un mismo hogar.
Para Carlos aquello representa casi la inversión completa de la televisión que conoció. Antes era él quien debía buscar dentro de una programación idéntica para todos; ahora entra a una pantalla organizada parcialmente alrededor de lo que ha visto y valorado anteriormente.
La televisión salió de la sala y comenzó a seguirnos
Durante buena parte del siglo XX, decir “ver televisión” significaba también describir un lugar. El televisor estaba en la sala, después apareció otro en algunas habitaciones y alrededor de esos aparatos se organizaba el consumo. Si alguien salía de casa, la programación continuaba sin él.
El streaming terminó separando esas dos cosas. El contenido dejó de estar atado al aparato y comenzó a acompañar al espectador. Netflix puede utilizarse actualmente desde televisores y dispositivos de streaming, pero también desde teléfonos y tabletas, y la cuenta conserva la experiencia asociada al perfil.
Carlos lo experimentó casi sin advertir cuándo ocurrió. Una serie podía comenzar en el televisor de la sala y continuar posteriormente desde otro dispositivo. La pregunta dejó de ser únicamente qué quería ver y comenzó a incluir dónde y en qué momento quería hacerlo.
Aquella posibilidad transformó incluso espacios que tradicionalmente no pertenecían a la televisión. Un episodio puede acompañar un viaje, una espera o una noche lejos de casa. La pantalla principal continúa existiendo, pero perdió el monopolio sobre las historias que antes permanecían encerradas dentro de ella.
El cambio también alteró una expresión que durante décadas pareció inamovible. Seguimos diciendo que “vemos televisión”, aunque muchas veces no haya ningún televisor involucrado.
Ganamos libertad, pero también perdimos algunos rituales
Carlos no siente nostalgia suficiente como para querer regresar a una televisión en la que debía organizar la noche alrededor de un horario. Tampoco extraña perder el comienzo de una película ni esperar varios días para descubrir cómo continuaba una serie. La comodidad conquistada por el espectador es demasiado evidente para fingir que todo tiempo pasado fue mejor.
Sin embargo, reconoce que algo se modificó en el camino.
Cuando una familia tenía pocas pantallas y una programación común, ponerse de acuerdo era casi inevitable. Eso generaba discusiones por el control remoto, pero también producía momentos compartidos. Una novela, un concurso o una serie podían convertirse en cita familiar y, al día siguiente, millones de personas tenían aproximadamente el mismo capítulo disponible para comentar.
El streaming fragmentó parcialmente esa experiencia. En una misma casa pueden convivir varios universos audiovisuales sin encontrarse. Netflix permite perfiles personalizados precisamente para que cada integrante mantenga sus propias recomendaciones y actividad de visualización.
No significa que las familias hayan dejado de ver contenidos juntas. Una serie puede seguir reuniéndolas y determinados estrenos continúan produciendo conversaciones colectivas. Lo que desapareció fue la obligación tecnológica de coincidir.
Esa diferencia explica parte de la transformación. Antes compartíamos determinados programas porque todos estaban disponibles a la misma hora; ahora, cuando decidimos mirar algo juntos, lo hacemos a pesar de tener cientos de alternativas individuales.

Las historias colombianas también encontraron otra puerta hacia el mundo
La transformación no ocurrió únicamente frente a la pantalla. También cambió parte del camino que recorren las producciones para llegar hasta ella.
Netflix desembarcó en Colombia en 2011 y posteriormente comenzó a producir contenido local. En 2021 informó que desde 2014 había invertido más de 175 millones de dólares en producciones colombianas y anunció la apertura de oficinas en Bogotá. Cuatro años después seguía anunciando nuevas producciones realizadas en el país para su catálogo internacional.
Para la industria audiovisual colombiana, el modelo abrió una vitrina diferente. Una historia producida en el país podía encontrar espectadores que quizá nunca habían visto un canal colombiano ni conocían previamente a sus actores. Las plataformas globales no eliminaron las dificultades de producir televisión ni garantizaron que cualquier contenido nacional encontrara una audiencia masiva, pero modificaron las rutas disponibles.
Eso también cambió la experiencia del público. Carlos puede encontrarse una noche con una producción realizada a miles de kilómetros y, al día siguiente, con una historia colombiana dentro de la misma interfaz. El catálogo coloca geografías muy distintas a pocos movimientos del control remoto.
La televisión que durante décadas permitió a Colombia mirar hacia afuera comenzó a ofrecer también nuevas posibilidades para que otros miraran hacia Colombia.
Netflix cambió la televisión, pero la televisión también cambió a Netflix
Sería demasiado sencillo contar esta historia como si una empresa hubiera aparecido un día para reemplazar todo lo anterior. La transformación fue mucho más compleja. Internet, el aumento de la velocidad de las conexiones, los televisores inteligentes, los teléfonos, el video bajo demanda y la competencia entre múltiples plataformas participaron en el proceso.
Netflix tampoco permaneció igual. Nació en Estados Unidos como un servicio de alquiler de DVD por correo antes de desarrollar su servicio de streaming y posteriormente convertirse en productor de contenidos. Lo que hoy reconocemos inmediatamente al abrir la aplicación es resultado de una evolución que acompañó los cambios tecnológicos y los nuevos hábitos del público.
Incluso algunas características aparentemente pequeñas ayudan a entender esa adaptación. La reproducción automática del siguiente episodio puede activarse o desactivarse, al igual que los avances automáticos mientras se explora el catálogo. Son funciones diseñadas alrededor de una televisión en la que el espectador tiene mayor control, pero en la que la plataforma también intenta facilitar que continúe mirando.
Esa relación entre libertad y estímulo define buena parte de la experiencia contemporánea. Podemos detener una serie cuando queramos, aunque el siguiente episodio esté preparado para comenzar. Podemos escoger entre una enorme cantidad de títulos, aunque una interfaz nos sugiera cuáles mirar primero.
Tenemos mucho más control que antes, pero no estamos tomando todas las decisiones completamente solos.
Carlos ya no espera que la televisión le diga qué debe ver
Una noche, Carlos volvió a sentarse frente al televisor con su esposa. Recorrieron varias opciones y finalmente escogieron una película. No miraron la hora de inicio porque no existía una hora de inicio. Tampoco tuvieron que comprobar qué día volverían a emitirla ni preocuparse porque habían perdido los primeros minutos.
Cuando ella quiso levantarse, Carlos pausó la película.
El gesto duró apenas un segundo y ninguno de los dos le prestó atención. Precisamente allí estaba la dimensión del cambio: aquello que habría parecido extraordinario durante buena parte de sus vidas se había convertido en un movimiento completamente cotidiano.
Carlos todavía recuerda las noches organizadas alrededor de la programación y conserva buenos recuerdos de aquella televisión compartida. Pero tampoco quiere renunciar a comenzar una película cuando tenga tiempo, continuar una serie otro día o abandonar un contenido que no le interesa para escoger inmediatamente otro.
Netflix no acabó con la televisión. Ayudó a modificar el acuerdo que durante décadas existió entre la pantalla y el espectador.
Antes preguntábamos a qué hora comenzaba un programa. Después aprendimos a preguntar dónde estaba disponible. Hoy podemos decidir cuándo verlo, en qué pantalla hacerlo, detenerlo, retomarlo y continuar la historia sin esperar necesariamente hasta la semana siguiente.
Quizá por eso la revolución terminó resultando menos visible de lo que imaginamos. No ocurrió únicamente cuando apareció una nueva tecnología, sino cuando dejamos de sorprendernos al utilizarla.
Carlos toma el control remoto, escoge su perfil y busca algo para ver. Ya no piensa en todo lo que tuvo que cambiar para que pudiera hacerlo.
Simplemente elige.
Y esa posibilidad, que hoy parece completamente normal, habría sido el sueño de cualquier televidente sentado décadas atrás frente a una programación que nunca le preguntaba qué quería ver.
