Por: Marlene Vega y Álvaro Cruz
El cine contemporáneo nos ha acostumbrado a tramas apocalípticas, superhéroes digitales, montajes epilépticos y dramas viscerales diseñados para mantener nuestra adrenalina al límite. Sin embargo, el aclamado director alemán Wim Wenders decidió nadar en contra de esta corriente histérica para entregarle al mundo Perfect Days (Días Perfectos). Nominada al Oscar, esta cinta japonesa es un milagro cinematográfico. Logró que audiencias de todo el planeta lloraran de pura conmoción estética observando, durante dos horas, la silenciosa vida de un hombre que limpia inodoros en Tokio.
Lejos de ser un documental sobre la precariedad o una crítica de clases, Perfect Days es un manifiesto filosófico aplastante. Es una oda a la dignidad del trabajo honesto, al estoicismo y a la urgente necesidad de abrazar el minimalismo en la era de la sobreexposición digital.

La majestad de la rutina invisible
La historia sigue a Hirayama (interpretado por Kōji Yakusho, quien se alzó con el premio al Mejor Actor en el Festival de Cannes), un hombre de mediana edad que trabaja para The Tokyo Toilet, un proyecto real de baños públicos diseñados por los mejores arquitectos de Japón. Lo que para la sociedad occidental moderna sería visto como un fracaso profesional, para Hirayama es una vocación monástica. Limpia los retretes con espejos de inspección, dobla su indumentaria con rigor militar y atiende a los apurados transeúntes con una reverencia respetuosa. No hay humillación en su labor; hay un sentido zen de pertenencia al orden del universo.
Pero el verdadero peso de la cinta radica en el tiempo libre de Hirayama. Él es el último bastión de la resistencia analógica. Mientras la metrópolis de neón vibra a su alrededor, él no tiene internet ni redes sociales. Conduce su vieja furgoneta escuchando a Lou Reed, Patti Smith y The Animals en desgastados casetes de cinta magnética. Lee apasionadamente novelas de William Faulkner y Patricia Highsmith en ediciones baratas de bolsillo antes de dormir bajo la luz de una pequeña lámpara. Cultiva esquejes de arces que rescata del asfalto. Su vida es un reloj suizo de rituales inquebrantables que lo protegen del caos del consumismo.

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El milagro efímero del ‘Komorebi’
Wim Wenders estructura toda la película alrededor de un concepto de la estética japonesa que carece de traducción exacta en occidente: el Komorebi. Esta palabra describe el patrón visual, siempre cambiante, que se forma cuando los rayos del sol se filtran a través de las hojas de los árboles mecidas por el viento.
Todos los mediodías, Hirayama se sienta en el mismo parque a comer su modesto emparedado, levanta la mirada hacia la copa de los árboles y sonríe. Saca su cámara analógica Olympus de 35mm y toma una sola fotografía de ese Komorebi. Él entiende una verdad que hemos olvidado: la luz de ese instante exacto es irrepetible. Jamás volverá a ocurrir en la historia de la eternidad.
Perfect Days destroza la narrativa del «éxito» moderno. Nos arrincona contra una verdad incómoda, obligándonos a cuestionarnos cuántos atardeceres, cuántas sonrisas y cuántos momentos de paz absoluta nos estamos perdiendo por vivir con la mirada clavada en la pantalla de un celular. Es una película que no se ve; se respira, y limpia el alma de quien la contempla.
