Por: Marlene Vega y Álvaro Cruz
Cuando el imaginario colectivo piensa en Villa de Leyva, evoca instantáneamente su colosal Plaza Mayor (la más extensa de Colombia, con 14.000 metros cuadrados de piedra tallada), sus inmaculados muros de cal blanca y el verde esmeralda de las montañas de Iguaque. Es el arquetipo de la postal colonial del siglo XVI. Sin embargo, reducir a Villa de Leyva a un simple asentamiento español fundado en 1572 es ignorar el peso de millones de años de historia que laten bajo sus calles empedradas.
Esta población en el corazón de Boyacá es una anomalía geográfica y cultural. Es un lugar donde conviven los monstruos marinos del período Cretácico, los observatorios astronómicos de los indígenas Muiscas y una vanguardia gastronómica que ha convertido sus patios escondidos en el epicentro del buen vivir en América Latina.

Caminando sobre un cementerio oceánico
Mucho antes de que el capitán español Hernán Suárez de Villalobos trazara las cuadrículas del pueblo, la geografía de la región era diametralmente opuesta. Hace 110 millones de años, todo este territorio formaba parte de un mar interior tropical. La llamada «Formación Paja» es uno de los yacimientos paleontológicos más ricos del planeta.
El visitante agudo no necesita ir a un museo para notarlo. Al caminar por las estrechas calles, basta con observar de cerca la mampostería de los pesados portones o las gruesas columnas del Monasterio del Santo Ecce Homo; las paredes están literalmente incrustadas con miles de amonitas (moluscos cefalópodos extintos). El pueblo fue construido con el lecho de un océano petrificado. La máxima expresión de este tesoro es el Museo El Fósil, donde yace in situ el esqueleto casi perfecto de un Kronosaurus boyacensis, un depredador marino de 12 metros de largo que dominó las aguas del Cretácico.

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De la aridez paleontológica a la alta cocina
El contraste de Villa de Leyva es poético. Su paisaje árido, de tierras rojizas y olivos, ha forjado un microclima perfecto que ha desatado una revolución culinaria sin precedentes. El municipio ha dejado de ser únicamente el hogar de la humilde y deliciosa arepa boyacense para transformarse en un refugio para los sibaritas del mundo.
Detrás de las pesadas puertas coloniales, en patios secretos adornados con buganvilias, la oferta es abrumadora. Encontramos panaderías artesanales que dominan la masa madre con rigor europeo, viñedos pioneros (como Marqués de Villa de Leyva) que desafiaron la latitud tropical para producir vinos de altura, trattorias donde la pasta fresca se amasa frente al comensal, y steakhouses donde los cortes de res madurados se asan lentamente con leña de árboles locales.
Villa de Leyva exige ser habitada con lentitud. Obliga al viajero a abrigarse cuando cae la gélida noche andina, a sentarse frente a una chimenea de piedra con una copa de vino tinto y a escuchar el silencio milenario de un valle que, antes de ser una joya arquitectónica, fue el fondo del mar.

