Por: Marlene Vega y Álvaro Cruz
Si existe un evento en la historia del deporte que parece haber sido escrito con sangre, lágrimas y poesía épica, es la Copa del Mundo de México 1986. Este torneo nació huérfano. Originalmente le pertenecía a Colombia, pero en 1982, el presidente Belisario Betancur declinó la sede argumentando que el país «tenía otras prioridades». México asumió el titánico reto, pero el destino le tenía preparada una tragedia indescriptible: apenas ocho meses antes del pitazo inicial, un monstruoso terremoto de 8.1 grados devastó la capital, sepultando a miles de personas bajo los escombros. Fue en medio de ese luto nacional, sobre una tierra que aún olía a dolor, donde el balón comenzó a rodar para regalarle a la humanidad la actuación individual más sublime jamás vista.
La guerra trasladada al césped
Para entender la carga visceral de México 86, es obligatorio detenerse en los cuartos de final: Argentina contra Inglaterra en el Estadio Azteca. No era un simple partido de fútbol; era la herida abierta de la Guerra de las Malvinas sangrando en la cancha. Los jóvenes argentinos que habían muerto congelados en las trincheras estaban en la mente de cada jugador sudamericano. Y fue allí donde un muchacho de 25 años, nacido en la pobreza extrema de Villa Fiorito, decidió tomar la justicia por sus propias manos.
En cuestión de cuatro minutos, Diego Armando Maradona resumió la dualidad del ser humano. Primero, anotó con un engaño callejero, levantando el puño izquierdo en la infame y mítica «Mano de Dios», un robo poético que los argentinos celebraron como una venganza de trinchera. Pero lo que ocurrió después fue un milagro biomecánico. Tomó el balón en su propio campo y, durante 10 segundos eternos, bailó entre los ingleses, arrastrándolos por el césped hasta anotar el «Gol del Siglo». Fue el día en que un mortal se elevó a la categoría de deidad.

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El triunfo de los caídos
México 86 no solo fue Maradona. Fue el desparpajo de la selección de Dinamarca, la elegancia de la Francia de Platini y la tenacidad de una Alemania Federal que se negó a morir en la final. Pero, sobre todo, fue el mundial de la redención. Cuando el capitán argentino levantó la copa bajo el sol inclemente del mediodía azteca, no solo estaba coronando a su país; le estaba devolviendo la sonrisa a una nación mexicana que, aún llorando a sus muertos por el terremoto, encontró en el fútbol la excusa perfecta para volver a abrazarse y florecer entre las ruinas.
