Por: Marlene Vega y Álvaro Cruz
Si nos remontamos a la Colombia de 1919, hablar de un país unificado era una utopía. La geografía nacional era (y sigue siendo) un laberinto colosal. La indomable Cordillera de los Andes partía el territorio en tres pedazos infranqueables, sembrados de selvas espesas, pantanos traicioneros y precipicios mortales. Viajar desde la vibrante y calurosa costa Caribe (Barranquilla o Cartagena) hasta la fría y burocrática capital (Bogotá) no era un viaje de negocios; era una expedición extrema de supervivencia.
A lomo de mula por trochas enlodadas, combinando tramos en ferrocarriles incipientes y largas semanas navegando en precarios buques de vapor por las traicioneras corrientes del río Magdalena, un comerciante podía tardar entre 15 y 20 días en llegar a su destino. La nación estaba asfixiada económicamente por su propia naturaleza. Fue entonces cuando un grupo de soñadores entendió que, si no podían atravesar las montañas, la única opción era volar por encima de ellas.
Diciembre de 1919: El milagro en Barranquilla
Con audacia, un capital inicial de apenas 100 pesos oro, y contra toda la lógica financiera de la época, un grupo de empresarios alemanes (Werner Kämmerer, Stuart Hosie, Albert Tietjen) que huían de una Europa destrozada por la Primera Guerra Mundial, se unieron a visionarios colombianos (Ernesto Cortissoz, Rafael Palacio, Jacobo Correa) en la ciudad de Barranquilla.
El 5 de diciembre de 1919 firmaron las escrituras para fundar la Sociedad Colombo Alemana de Transportes Aéreos, SCADTA (la semilla de lo que hoy conocemos mundialmente como Avianca). Lo que aquellos caballeros de saco, corbata y sombrero de fieltro no dimensionaron ese día bajo el calor costeño, fue que acababan de crear la primera aerolínea comercial funcional de toda América, ganándole la carrera tecnológica a potencias mundiales como Estados Unidos, y consolidándose como la segunda más antigua del planeta (solo superada por la KLM holandesa, fundada meses antes).

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Los Junkers y la pista de aterrizaje de agua
El reto técnico era descomunal. Colombia no tenía un solo kilómetro de asfalto plano para construir una pista de aterrizaje, y abrir claros en la selva para hacer aeródromos era económicamente inviable. La genialidad de los fundadores fue mirar hacia el río Magdalena y decir: «Ahí tenemos una pista recta de más de mil kilómetros de largo».
La empresa viajó a Alemania y compró dos vanguardistas aviones Junkers F.13. Eran los primeros aviones de transporte comercial construidos íntegramente en metal corrugado (duraluminio). Pero la clave de la operación fue adaptarlos: les quitaron las ruedas y les instalaron enormes flotadores pontones para que pudieran acuatizar en el río. Bautizaron a las aeronaves «Bogotá» y «Colombia».
Del correo urgente a los valientes pasajeros
La operación de SCADTA comenzó de manera prudente, transportando pesados sacos de correo y paquetes bancarios urgentes. Cuando los empresarios y banqueros del país notaron que una carta de crédito que antes tardaba tres semanas en llegar a Puerto Berrío, ahora estaba en el escritorio de su destinatario en menos de un día a lomo de un pájaro de aluminio, la fiebre aérea explotó.
Pronto, los más valientes y adinerados comenzaron a comprar tiquetes de pasajero. La experiencia de volar en los hidroaviones Junkers en los años 20 era rústica, ruidosa y temeraria. Las cabinas para cuatro personas no estaban presurizadas, el olor a aceite y gasolina impregnaba el ambiente, las turbulencias andinas eran brutales y el calor sofocante del valle del Magdalena obligaba a los pasajeros a viajar empapados en sudor.
A pesar de los sustos, los mareos y un par de acuatizajes forzosos que se resolvían reparando motores en las orillas llenas de caimanes, SCADTA logró conectar las venas del comercio nacional. La audacia de aquellos pioneros barranquilleros y alemanes partió la historia de Colombia en dos, forjando una identidad aeronáutica que le dio al país el honor imborrable de haber inaugurado la era de la aviación comercial en el continente americano.

