Por: Marlene Vega y Álvaro Cruz
Enero de 1974. Mientras Bogotá intentaba recuperar la calma política, un grupo de guerrilleros ingresó a la Quinta de Bolívar en el centro de la ciudad, rompió el cristal de la urna principal y se llevó el arma más sagrada de la historia patria. Dejaron un panfleto que decía: «Bolívar, tu espada vuelve a la lucha».
Era la carta de presentación del naciente grupo guerrillero M-19. Sin embargo, el verdadero misterio que obsesionó a los servicios de inteligencia militar de Colombia durante años no fue quién la robó, sino dónde la escondieron. La respuesta fue una bofetada maestra a la inteligencia del Estado: estuvo guardada en la casa de uno de los poetas más famosos e intocables del país.

El genio de la clandestinidad
El operativo de búsqueda de la espada fue masivo. El Ejército allanó casas, persiguió líderes políticos y volcó la ciudad patas arriba. Lo que los militares nunca sospecharon fue la astucia de Jaime Bateman Cayón y los líderes del M-19. Sabían que, si la escondían en caletas guerrilleras o casas de seguridad, eventualmente caería. Necesitaban un lugar blindado, un santuario que ningún general de la República se atreviera a allanar.
El elegido fue León de Greiff, uno de los poetas y escritores más ilustres de la literatura colombiana.
El poeta de la barba y la espada envuelta en cobijas
De Greiff era un hombre de izquierda, intelectual y ajeno por completo a las armas de fuego. Vivía rodeado de libros, gatos y pipas. Era tan venerado culturalmente que la casa de la familia De Greiff era considerada casi un templo del intelecto nacional.
Según los relatos históricos, miembros del M-19 que tenían contacto con círculos literarios le llevaron la espada al viejo poeta. De Greiff la recibió con absoluto hermetismo. Durante un largo período, la espada de Simón Bolívar —la misma que libertó a cinco naciones— estuvo guardada debajo de una cama, envuelta en cobijas viejas y tapada por montañas de polvo y libros de poesía antigua.

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Un secreto llevado a la tumba
El poeta jamás fue interrogado. Ningún soldado tocó su puerta. León de Greiff falleció en 1976 llevándose el secreto del escondite a la tumba. Tras su muerte, el M-19 tuvo que trasladar la reliquia rápidamente a otros escondites (pasando por casas de prostitución, embajadas de Cuba e incluso las manos de Pablo Escobar, según algunos testimonios cruzados de la época), hasta su devolución definitiva al Estado colombiano en 1991.
Pero el pasaje más literario y bizarro de la famosa espada libertadora, fue el tiempo que descansó arrullada por los versos de un viejo poeta de barba blanca que burló a todo el ejército nacional.
