Por: Marlene Vega y Álvaro Cruz
En el universo de la música popular latinoamericana, el dolor no se canta, se desangra. Y ningún artista entendió mejor el sonido del sufrimiento, la traición y la soledad que el ecuatoriano Olimpo Julio Cárdenas Moreira. Su voz inconfundible, nasal y profundamente nostálgica, educó a generaciones enteras en el arte de ahogar las penas en una cantina.
Pero la grandeza de Olimpo Cárdenas, el eterno «Rey del pasillo y el bolero», no solo radica en su inmenso catálogo discográfico. Radica en que su vida personal fue un espejo exacto de las tragedias que cantaba, y su final en Colombia fue tan dramático y poético que parece sacado de un guion de cine negro.
El huérfano que conquistó América
Cárdenas no cantaba desde la técnica de conservatorio; cantaba desde las cicatrices. Quedó huérfano a los 3 años y fue criado por su madrina en condiciones de pobreza extrema en Vinces, Ecuador. Trabajó vendiendo periódicos, lustrando zapatos y como operario en haciendas. Fue esa tristeza originaria la que forjó su estilo vocal cuando empezó a cantar tangos y valses en la década de 1950.
Su salto a la inmortalidad se dio al mudarse a Colombia. Fue en los estudios de Medellín donde grabó éxitos desgarradores como «Lágrimas de Amor», «Tu duda y la mía» y «El Provincial». Hizo dúos legendarios con Julio Jaramillo (el «Ruiseñor de América»), creando la dupla más letal de la bohemia. Mientras Julio Jaramillo era el brillo y la bohemia seductora, Olimpo era el dolor profundo y la fatalidad.

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Una vida de excesos y dolor
Al igual que las letras de sus boleros, Olimpo no supo tener una vida tranquila. El dinero y la fama lo arrastraron a los excesos, las mujeres y el alcoholismo crónico. Su voz se fue rasgando con los años por el peso de la bohemia, pero curiosamente, ese desgaste le dio aún más credibilidad a sus interpretaciones. El pueblo le perdonaba todo porque sabían que Cárdenas era uno de los suyos: un hombre herido.
El telón final en Tuluá
Los artistas de verdad no se retiran en hospitales silenciosos. El 28 de julio de 1991, un envejecido pero incansable Olimpo Cárdenas fue contratado para cantar en la Feria de Tuluá, en el Valle del Cauca (Colombia). Subió al escenario frente a miles de personas que lo ovacionaban.
Mientras interpretaba su éxito cumbre «Tu duda y la mía», el corazón del cantante de 68 años dijo basta. Sufrió un infarto fulminante en pleno escenario. Olimpo Cárdenas se desplomó con el micrófono en la mano, muriendo exactamente en el lugar donde fue más feliz, frente al público que lo adoraba y cantando la música que lo hizo eterno. No hubo tiempo para hospitales ni camillas; el «Rey del Estilo» se fue como las grandes leyendas.
