Por: Marlene Vega y Álvaro Cruz
La Copa del Mundo de 1978 es, sin lugar a dudas, el torneo más macabro y contradictorio en la historia de la FIFA. Mientras millones de argentinos gritaban los goles de Mario Alberto Kempes en el Estadio Monumental, a escasas diez cuadras de allí, en la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA), la brutal dictadura militar de Jorge Rafael Videla torturaba y desaparecía a sus opositores.
Fue un mundial diseñado para lavar la imagen de un régimen sanguinario, pero que terminó regalándole al mundo la mayor protesta cívica y poética jamás vista en un campo de fútbol.
El sospechoso 6-0 y el silencio de Europa
El torneo estuvo envuelto en una nube de sospechas desde el primer día. Varias selecciones europeas amenazaron con boicotear el viaje por las violaciones a los derechos humanos, y la gran estrella de la época, el holandés Johan Cruyff, se negó a participar (años después revelaría que fue por un intento de secuestro, pero el contexto político pesó).
El punto más oscuro llegó en la segunda fase. Argentina necesitaba ganarle a Perú por una diferencia de cuatro goles para clasificar a la final y eliminar a Brasil. En un partido que sigue siendo investigado por historiadores, Argentina ganó 6-0. Los rumores de sobornos masivos de grano, cuentas descongeladas y pactos políticos entre dictaduras persiguieron ese resultado para siempre.

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La guerra de los papelitos: Caloi contra los militares
Pero el verdadero triunfo del pueblo argentino no fue deportivo, fue cultural. El relator oficialista de la dictadura, José María Muñoz, lanzó una campaña exigiendo que los hinchas no tiraran papeles a la cancha para «demostrarle a Europa que Argentina era un país limpio y ordenado». Era una orden militar disfrazada de sugerencia.
En respuesta, el genial dibujante y humorista gráfico Carlos Loiseau, «Caloi», utilizó a su popular personaje de historieta «Clemente» para incitar a la rebeldía. Clemente, desde las páginas del diario Clarín, le pedía a la gente: «¡Tiren papelitos, muchachos!».
En la gran final contra Holanda, el pueblo desobedeció a los generales. Cuando el equipo salió a la cancha, el Estadio Monumental desapareció bajo una tormenta blanca ensordecedora de toneladas de papel picado, guías telefónicas trituradas y rollos de sumadora. Fue una bofetada visual al autoritarismo. Argentina ganó su primera Copa del Mundo en medio del horror, demostrando que el fútbol puede ser usado por los tiranos, pero la pasión siempre le pertenecerá a la gente.
