Por: Marlene Vega y Álvaro Cruz
Vestía trajes bordados en lentejuelas, usaba capas doradas y cantaba con una alegría que desbordaba estadios enteros desde el Palacio de Bellas Artes hasta Viña del Mar. Juan Gabriel, «El Divo de Juárez», es sinónimo de fiesta, amor desmedido y mariachi. Sin embargo, antes de ser el compositor más brillante de México, Alberto Aguilera Valadez fue un joven hambriento, traicionado e injustamente encarcelado en una de las prisiones más peligrosas y aterradoras de América Latina.
La historia de los primeros años de Juan Gabriel es un descenso a los infiernos. Y sus himnos mundiales de amor no nacieron en estudios de grabación costosos, sino en la humedad y el terror de una celda de castigo.
El robo de la guitarra y la traición
A finales de la década de 1960, el joven Alberto intentaba sobrevivir en la Ciudad de México cantando en coros y durmiendo en estaciones de autobús o en las bancas de la Alameda Central. No tenía un centavo. En 1969, asistió a una fiesta privada buscando una oportunidad para cantar. Allí, la anfitriona (cuya identidad Juan Gabriel se llevó a la tumba por elegancia y compasión) lo acusó falsamente de haberse robado una guitarra y unas joyas.
Sin pruebas reales, el sistema judicial mexicano aplastó al muchacho pobre y sin influencias. Fue condenado y enviado al temible Palacio de Lecumberri, una prisión conocida como «El Palacio Negro», famosa por sus torturas, violencia carcelaria y hacinamiento de asesinos y presos políticos.

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Escribiendo joyas en las sombras
Alberto pasó 18 meses encerrado en ese infierno. Para sobrevivir a la brutalidad de Lecumberri, tuvo que aferrarse a lo único que la prisión no le podía arrebatar: su cabeza. Usando una guitarra prestada por el director del penal (quien se compadeció de él), Alberto comenzó a componer frenéticamente en su celda.
Allí, rodeado de criminales y llorando su mala suerte, compuso tres canciones que cambiarían la historia de la música en español: «No tengo dinero», «Me he quedado solo» y «Tres claveles y un rosal». Sus melodías eran tan hermosas que los presos se callaban para escucharlo cantar en el patio.
El ángel guardián: La Prieta Linda
El director del penal, el general Andrés Puentes Vargas, supo que ese joven no era un ladrón. En un acto sin precedentes, invitó a una de las estrellas más grandes de la música ranchera de la época, Enriqueta Jiménez, conocida como «La Prieta Linda», a escuchar cantar al recluso.
Cuando La Prieta Linda escuchó la voz y las letras de Alberto, quedó paralizada. Pagó de su propio bolsillo la fianza de 5.000 pesos, lo sacó de Lecumberri, se lo llevó a su casa y lo presentó a la disquera RCA Víctor. Además, fue la primera artista famosa en grabar una canción suya («Noche a noche»). Ese muchacho que salió de las sombras de la peor prisión de México adoptaría el nombre artístico de Juan Gabriel, vendería más de 100 millones de discos y se convertiría en el orgullo absoluto de toda una nación.
