Por: Marlene Vega y Álvaro Cruz
En la historia de la música universal existen canciones, y luego existen monumentos. «My Way» («A mi manera») pertenece a la segunda categoría. Inmortalizada por la voz de terciopelo de Frank Sinatra en 1969, la canción es considerada el himno definitivo de la autoafirmación, la elegancia y el resumen de una vida vivida sin arrepentimientos. Sin embargo, su origen no es estadounidense, no fue escrita para «La Voz», y lo más irónico de todo: Sinatra la detestaba profundamente.
El origen francés: un matrimonio aburrido
Para rastrear el nacimiento de esta joya, debemos viajar a Francia en 1967. El cantautor Claude François compuso una balada pop titulada «Comme d’habitude» (Como de costumbre). La letra original no tenía nada que ver con grandes legados ni balances de vida; hablaba de la rutina asfixiante de un matrimonio que se desmorona. Narraba la historia de un hombre que se levanta, toma café, va al trabajo y besa a su esposa sin sentir nada, simplemente «como de costumbre».

La intervención de Paul Anka
Meses después, el ídolo adolescente canadiense Paul Anka escuchó la canción mientras estaba de vacaciones en París. Aunque no entendía muy bien la letra en francés, la melodía le pareció arrolladora. Anka viajó a Francia, compró los derechos de la canción por un precio simbólico y se la llevó a Nueva York con un solo objetivo en mente: reescribirla para Frank Sinatra.
En ese momento, Sinatra estaba deprimido, sentía que la música rock estaba acabando con su carrera y amenazaba con retirarse. Paul Anka se sentó al piano a las 3 de la mañana y, pensando en el temperamento de Sinatra, cambió la letra de un matrimonio aburrido por el testamento de un gigante. Escribió las palabras exactas que Sinatra usaría para despedirse del mundo.
El odio secreto del intérprete
El éxito fue planetario y devolvió a Sinatra a la cima de la industria musical. Se convirtió en el cierre obligado de todos sus conciertos durante el resto de su vida.
Pero aquí radica la gran paradoja: con el pasar de los años, Sinatra empezó a odiar la canción. Su hija, Tina Sinatra, confesó en varias entrevistas que su padre consideraba que la letra era egoísta, egocéntrica y autoindulgente. Le molestaba que la gente lo identificara como un hombre soberbio que solo hacía las cosas «a su manera». A pesar de su disgusto personal, su profesionalismo nunca le permitió cantarla sin entregar el alma en cada nota.
Un clásico que demuestra que, a veces, las canciones más grandes de la historia tienen vida propia, sobreviviendo incluso a la voluntad de quienes las hicieron inmortales
