Por: Marlene Vega y Álvaro Cruz
Para que una melodía logre convertirse en el segundo himno nacional de un país, traspasando las fronteras y siendo entonada desde los lujosos salones de Europa hasta los rincones de la Amazonía, se necesita una dosis inmensa de genialidad, arraigo popular y, casi siempre, una historia humana llena de contrastes. Si usted viaja mentalmente al calor sofocante, petrolero y espeso de la Barrancabermeja de 1960, se encontrará en el legendario Grill Hawaii. Allí, en medio del humo de los cigarrillos, el ron y las luces tenues, las mujeres de la región danzaban moviendo sus polleras rojas bajo el influjo hipnótico de los tambores. Fue en esa pista de baile de clase trabajadora donde un maestro absoluto de la música tropical colombiana, el clarinetista sincelejano Juan Madera Castro, compuso una melodía que capturaba a la perfección el alma del Caribe ribereño.
Aquella composición inicial nació sin una sola palabra; era un llanto alegre, cadencioso y puro, parido única y exclusivamente por el viento que soplaba a través de la madera de su instrumento.

De la melodía instrumental al conflicto de los estrados
Durante dos años, «La Pollera Colorá» fue un éxito instrumental que enloquecía a los bailadores del Grill Hawaii. Fue entonces, en 1962, cuando el cantante y compositor Wilson Choperena, fascinado por la energía magnética que la melodía ejercía sobre el público, decidió regalarle una poesía directa y cálida: «Ay, al sonar los tambores / esta negra se amaña / y al sonar de la caña / va brindando sus amores». La fusión de la mística del clarinete de Madera con la lírica inmortal de Choperena dio vida a la versión definitiva, grabada magistralmente por la orquesta de Pedro Salcedo. La cumbia se convirtió instantáneamente en un fenómeno sociológico que puso a bailar al planeta, siendo versionada por centenares de orquestas globales.

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Sin embargo, detrás de la alegría desbordante del porro y la cumbia, se esconde una historia agridulce. El éxito estratosférico de la pieza desató una de las disputas legales por derechos de autor más largas y documentadas de la jurisprudencia cultural de Colombia. Durante más de cuatro décadas, los estrados judiciales se convirtieron en el escenario de amargos pleitos para determinar los porcentajes exactos de autoría comercial y la distribución del dinero que generaba este monstruo musical. Juan Madera tuvo que luchar incansablemente para que se le reconociera como el creador de la música original frente al registro de la letra de Choperena.
En Sábados de Antaño, rescatamos este clásico no solo como el estandarte de nuestras fiestas de fin de año, sino como un documento antropológico vivo. Es un homenaje a la genialidad de nuestros músicos de mediados de siglo que, en medio de la informalidad y con las uñas, parieron la identidad rítmica de una nación entera.
La Pollera Colorá historia
