Por: Marlene Vega y Álvaro Cruz
Cuando pensamos en los Juegos Olímpicos, imaginamos la cúspide de la disciplina, la ciencia deportiva, el honor y la hermandad global. Sin embargo, en los albores del siglo XX, las olimpiadas se parecían más a un circo de supervivencia extrema que a un evento deportivo serio. La prueba máxima de esta locura fue la Maratón de los Juegos Olímpicos de San Luis (Estados Unidos) en 1904, catalogada unánimemente por los historiadores como el evento más desastroso, cómico y peligroso jamás registrado en la historia del deporte.
Un experimento cruel y nubes de polvo mortal
Para entender el nivel de absurdo de esta carrera, hay que mirar a su organizador, James Sullivan. Él creía ciegamente en una teoría seudocientífica de la época que afirmaba que beber agua durante el ejercicio era dañino. Por lo tanto, para una carrera de 42 kilómetros disputada en pleno agosto, con casi 35 grados a la sombra, Sullivan instaló un solo punto de hidratación en el kilómetro 17. Quería usar a los atletas como conejillos de indias para investigar los límites de la deshidratación humana.
La ruta era un infierno. Se corrió sobre caminos rurales de tierra suelta, por donde transitaban automóviles de los jueces y médicos que levantaban nubes de polvo asfixiantes. Estas nubes fueron tan densas que el corredor estadounidense William García colapsó en el camino; el polvo le había rasgado las vías respiratorias, causándole una hemorragia estomacal que casi le cuesta la vida.
El falso ganador y el auto descompuesto
En medio de este caos, el corredor estadounidense Fred Lorz sufrió calambres severos apenas en el kilómetro 14. En lugar de retirarse con dignidad, tomó una decisión insólita: se subió al automóvil de su entrenador, saludando a los espectadores mientras avanzaba cómodamente durante 17 kilómetros. Irónicamente, el auto se averió cerca del estadio. Lorz se bajó fresco, trotó hasta la meta y fue recibido por la multitud enardecida como un héroe nacional. Estaba a punto de recibir la medalla de oro y tomarse la foto oficial con la hija del presidente de EE. UU., Theodore Roosevelt, cuando un espectador indignado lo delató. Lorz sonrió, se encogió de hombros y dijo que «solo era una broma pesada».
Veneno para ganar el oro: La agonía de Thomas Hicks
Con Lorz descalificado, el verdadero ganador fue el estadounidense Thomas Hicks. Pero su victoria fue digna de una película de terror médico. A falta de 10 kilómetros para el final, Hicks colapsó por el agotamiento extremo. Sus entrenadores, en un acto de absoluta ignorancia, decidieron «animarlo». ¿Cómo? Le inyectaron sulfato de estricnina (un potente raticida utilizado en esa época como estimulante en dosis bajísimas) mezclado con claras de huevo crudas y brandy.
Le inyectaron veneno no una, sino dos veces. Hicks cruzó la meta alucinando, con la mirada perdida y arrastrando los pies en el aire mientras sus entrenadores lo sostenían en vilo por las axilas. Perdió cuatro kilos durante la carrera y estuvo a punto de fallecer esa misma noche en el hospital. Aún así, se quedó con el oro.
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Manzanas podridas y una persecución salvaje
El resto de los competidores protagonizó historias aún más inverosímiles. El cubano Andarín Carvajal, un cartero de La Habana, llegó a Estados Unidos, perdió todo su dinero en un casino en Nueva Orleans y tuvo que hacer autostop hasta San Luis. Corrió con zapatos de calle, pantalones largos (que cortó con un cuchillo antes de salir) y una camisa blanca. Durante la carrera, se detuvo a practicar su inglés con el público. Como llevaba casi dos días sin comer, sintió hambre, robó unas manzanas de un huerto que resultaron estar podridas, le dio un cólico severo, tomó una siesta a un lado del camino para recuperarse… ¡y aun así llegó de cuarto!
Por su parte, Len Taunyane, uno de los dos primeros africanos negros en competir en unas olimpiadas, iba perfilado para ganar medalla, pero su carrera se arruinó cuando fue perseguido por una jauría de perros salvajes que lo obligaron a correr casi dos kilómetros fuera de la ruta oficial a través de un campo de maíz para salvar su vida.
La maratón de San Luis 1904 nos recuerda que el deporte moderno, con sus dietas estrictas, tecnología y fisioterapia, es un milagro de la evolución. Porque en sus inicios, cruzar la meta vivo ya era la verdadera hazaña.
