Por: Marlene Vega y Álvaro Cruz
Existen interpretaciones musicales que pertenecen al anecdotario de un país, pero existen otras, escasísimas, viscerales y casi divinas, que alteran el orden cósmico de la cultura popular. Si usted busca el momento exacto en la historia de la humanidad en el que un hombre entregó su vida, sus pulmones y sus demonios al servicio de la música, tiene que detener el reloj el 15 de marzo de 1970. El escenario era el majestuoso y abarrotado Teatro Ferrocarrilero de la Ciudad de México, sede del II Festival de la Canción Latina.
Un joven menudo, de mirada profundamente melancólica, vestido con un traje humilde, subió al proscenio bajo el nombre artístico de José José. Frente a él, un jurado de hierro y una audiencia exigente. Detrás de él, los monumentales arreglos orquestales del maestro Chucho Ferrer. Nadie, absolutamente nadie en aquel auditorio, sospechaba que aquellos tres minutos y cincuenta segundos cambiarían la historia de la balada continental para siempre.

La técnica del dolor y el llanto de las estrellas
El joven intérprete, de tan solo 22 años, cargaba sobre sus hombros una historia familiar compleja, marcada por el alcoholismo de su padre (un tenor de ópera frustrado) y las urgencias económicas de su hogar. Pero cuando las primeras notas del piano, compuestas magistralmente por Roberto Cantoral, empezaron a flotar en el denso aire del teatro, José José cerró los ojos y se transformó en un gigante herido de muerte.
Lo que aconteció sobre ese escenario desafía la lógica de la anatomía y la técnica vocal. José José no se limitó a cantar «El Triste»; se convirtió en la encarnación misma del luto, la ausencia y la desesperanza. Con un control del diafragma que los médicos y expertos en bel canto aún estudian en las academias, sostuvo notas kilométricas sin respirar, sin que su afinación temblara una sola fracción de segundo. La potencia de su voz contrastaba con una vulnerabilidad tan brutal que el público experimentó una catarsis colectiva instantánea.
Las cámaras de televisión en blanco y negro captaron un fenómeno irrepetible y sobrecogedor: actrices consagradas como Angélica María lloraban desconsoladas en las primeras filas, incapaces de contener las lágrimas. El gran Marco Antonio Muñiz, estupefacto ante la perfección técnica de aquel muchacho, se puso de pie antes de que la canción siquiera terminara. En el clímax de la pieza, José José lanzó una nota altísima y, en un gesto de abandono total, dejó caer su brazo soltando el aire final como si acabara de entregar su propia alma.

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La injusticia del jurado y la corona del pueblo
Al terminar, el teatro estalló en un aplauso frenético, un rugido que amenazaba con derrumbar las paredes. Llovieron rosas, claveles y ovaciones ensordecedoras de un público que sabía que había sido testigo de un milagro terrenal.
Sin embargo, la historia de la bohemia está llena de burocracia e ironías amargas. El jurado internacional, en una decisión que hoy es recordada como una de las pifias e injusticias más vergonzosas de la industria musical, decidió ignorar el clamor popular. Le otorgaron el primer lugar a la representante de Brasil (Cláudia) y confinaron a José José a un inaudito tercer puesto. Los abucheos de las graderías hacia los jueces retumbaron en todo el país. Pero el veredicto de los burócratas importó poco. Esa noche de 1970, el trofeo de plata se lo llevó otra persona, pero José José se quedó con la corona de la inmortalidad, convirtiéndose desde ese instante, y para siempre, en el «Príncipe de la Canción».
