Por: Marlene Vega y Álvaro Cruz
El destino suele ser un escultor cruel que utiliza el dolor extremo como su principal cincel. Si usted se sitúa en la España de principios de los años sesenta, encontrará a un joven de diecinueve años que lo tenía absolutamente todo: prestancia, el respaldo de una familia acomodada de la burguesía madrileña, estudios de derecho en marcha y, sobre todo, un futuro brillante bajo los tres palos del estadio Santiago Bernabéu. Aquel muchacho espigado, de reflejos felinos, era el portero prometedor del Real Madrid Castilla. Su vida entera estaba matemáticamente diseñada para la gloria deportiva, los estadios abarrotados y el rugido ensordecedor de la afición futbolera. Sin embargo, la víspera de cumplir sus veinte años, la noche del 22 de septiembre de 1962, el chirrido de unos frenos y el impacto brutal de su automóvil contra los matorrales en la carretera de Majadahonda cambiaron el rumbo de la historia musical de la humanidad.

El abismo de la invalidez y la muerte de un atleta
Aquel accidente de tráfico no solo destrozó los hierros de un vehículo; desahució por completo el cuerpo del atleta. El diagnóstico emitido por los médicos en el Hospital Eloy Gonzalo fue una sentencia de muerte para sus sueños: una compresión severa en la zona lumbar de la columna vertebral que derivó en una parálisis casi total de la mitad inferior de su cuerpo. De la noche a la mañana, el deportista de élite se vio confinado a una fría cama clínica, inmovilizado, condenado por los especialistas a la terrorífica posibilidad de pasar el resto de sus días atado a una silla de ruedas.
La devastación psicológica fue incalculable. Para un hombre cuyo instrumento de vida eran sus piernas, perderlas significaba perder su identidad. Durante meses, Julio se hundió en el mutismo, observando el techo de su habitación, mientras sus antiguos compañeros del Real Madrid seguían corriendo por el césped que a él le había sido vetado.

La guitarra del milagro y «La vida sigue igual»
Fue en ese abismo de quietud forzada, donde la depresión amenazaba con devorarlo, que aconteció el milagro silencioso. Un enfermero humanitario, compasivo y visionario llamado Eladio Magdaleno, viendo la profunda frustración del joven postrado, le regaló una guitarra rústica. El instrumento no tenía el propósito de convertirlo en artista; era un simple ejercicio terapéutico para que ejercitara los dedos inertes y mantuviera la mente ocupada mientras la parálisis cedía milímetro a milímetro. Julio Iglesias jamás había tenido pretensiones de cantante; para él, la música era un eco lejano. Pero con el instrumento de madera apoyado en su pecho inmovilizado, empezó a rasgar las cuerdas torpemente para ahuyentar los fantasmas de la invalidez.
En esa dolorosa convalecencia de casi dos años, donde tuvo que aprender a caminar de nuevo paso a paso apoyado en el brazo de su padre (el doctor Julio Iglesias Puga), Julio no solo recuperó la movilidad; descubrió que el terror y la melancolía que habitaban en su alma tenían melodía. Fue en esa cama donde escribió un poema nacido del dolor puro, que luego se convertiría en la mítica canción «La vida sigue igual». Con esa misma composición, años más tarde, ganaría el Festival de Benidorm en 1968, marcando su renacimiento oficial.
El futbolista había muerto en aquella carretera oscura, pero en la penumbra aséptica de una clínica había nacido el artista hispano más grande, romántico y vendedor de todos los tiempos. El destino le arrebató violentamente los guantes de portero para obligarlo a sostener un micrófono con el que conquistaría el planeta entero.
