Por: Marlene Vega y Álvaro Cruz
La historia la escriben los vencedores. Esa es la regla de oro de la humanidad, excepto en un lugar: el Mundial de Alemania 1974. Este es el único torneo en la historia del deporte donde nadie recuerda verdaderamente al equipo que levantó la copa, pero el mundo entero sigue idolatrando de rodillas a los perdedores de la final.
En medio de una Europa dividida por el Muro de Berlín y el terrorismo internacional, una nación pequeña de Europa Occidental decidió que era el momento de revolucionar la geometría, la física y el arte del fútbol para siempre. Había nacido la Naranja Mecánica.
Tensión, espías y el choque de las dos Alemanias
El ambiente de Alemania 1974 era irrespirable. Apenas dos años antes, los Juegos Olímpicos de Múnich habían terminado en una masacre terrorista, por lo que este Mundial fue el primero en jugarse bajo un estado de sitio policial extremo. Había francotiradores en los techos de los estadios y perros rastreadores en los hoteles.
Pero el drama político alcanzó su punto máximo en la primera ronda, cuando el sorteo obligó a enfrentarse a la Alemania Federal (capitalista) contra la Alemania Democrática (comunista). El partido fue una guerra psicológica vigilada por la Stasi (policía secreta) y la KGB. En un golpe que humilló al bloque occidental, la Alemania comunista ganó 1-0 con un gol histórico de Jürgen Sparwasser. La derrota dolió tanto en el orgullo capitalista que el capitán Franz Beckenbauer tomó el control del equipo, relegó al técnico a un segundo plano y juró que ganarían el torneo a como diera lugar.

El «Fútbol Total» y la sinfonía de Johan Cruyff
Mientras las dos Alemanias resolvían sus odios políticos, la selección de Holanda (Países Bajos) estaba cambiando el deporte. Dirigidos por el genio Rinus Michels y comandados en la cancha por un flaco desgarbado, fumador empedernido y rebelde absoluto llamado Johan Cruyff, los holandeses inventaron el «Fútbol Total».
Ellos no jugaban con posiciones fijas. Los defensas atacaban, los delanteros defendían; el equipo entero se movía como un enjambre de abejas anaranjadas (de ahí su apodo, la Naranja Mecánica, tomado de la polémica película de la época). Asfixiaban al rival, lo dejaban en fuera de lugar sistemáticamente y tocaban el balón a una velocidad aterradora. Aplastaron a Argentina, destrozaron a Brasil y llegaron a la final sintiéndose invencibles.
La final: La trampa de la soberbia
El 7 de julio de 1974, en el Estadio Olímpico de Múnich, Holanda enfrentó a la fría y calculadora Alemania Federal de Beckenbauer. Los holandeses eran tan superiores que, nada más sacar del medio campo, tocaron la pelota 16 veces seguidas sin que ningún alemán la tocara, provocaron un penal y se pusieron ganando 1-0 en el minuto dos de partido.
Pero la soberbia los mató. En lugar de liquidar el partido, se dedicaron a humillar a los alemanes tocando el balón de un lado a otro para burlarse de ellos. Los alemanes, famosos por su mentalidad de hierro, no se desesperaron. Empataron con un penal inventado y, antes del descanso, el bombardero Gerd Müller anotó el 2-1 definitivo. Holanda atacó con furia el resto del partido, pero jamás logró empatar.
Alemania Federal levantó la nueva y actual Copa del Mundo (ya que Brasil se había quedado con la anterior). Sin embargo, el mundo dictó su sentencia: Alemania se llevó el trofeo a sus vitrinas, pero Johan Cruyff y su Naranja Mecánica se robaron la eternidad.
