Por: Marlene Vega y Álvaro Cruz
Si usted le pregunta a cualquier historiador, periodista o fanático veterano cuál fue el mejor Mundial de la historia, la respuesta siempre será unánime, casi como un dogma religioso: México 1970. Fue el torneo perfecto, el evento que partió la historia del deporte en dos.
Antes de 1970, el fútbol era rústico, gris y violento (como se vio en la carnicería de Inglaterra 66). Pero bajo el ardiente sol azteca, el mundo presenció una explosión de magia, color y redención que coronó para siempre al «Rey» Pelé y cambió nuestra forma de consumir el deporte.
El milagro del satélite y el nacimiento de las tarjetas
México 1970 fue la primera Copa del Mundo transmitida en directo por satélite y a todo color para millones de hogares. De repente, el planeta entero pudo ver el verde brillante del césped, el rojo de las camisetas soviéticas y el amarillo vibrante de Brasil.
Pero el color no solo llegó a las pantallas; llegó a las reglas. Para detener la violencia brutal que casi destruye el torneo anterior, la FIFA introdujo por primera vez en la historia las tarjetas amarillas y rojas (inspiradas en los semáforos de Londres) y permitió las sustituciones de jugadores. El fútbol dejó de ser una guerra de trincheras para convertirse en un espectáculo táctico de pura resistencia física, pues muchos partidos se jugaron a las 12 del día a más de 2.000 metros de altura para coincidir con el horario de la televisión europea.

La redención del Rey Pelé
El drama humano del torneo lo protagonizó Edson Arantes do Nascimento, «Pelé». Cuatro años antes, en Inglaterra, lo habían molido a patadas hasta sacarlo de la cancha llorando y jurando que jamás volvería a jugar un Mundial. Estaba deprimido y agotado de la presión. Sin embargo, la dictadura militar brasileña le exigió volver.
Pelé llegó a México con 29 años, buscando venganza deportiva. Y lo que hizo fue fundar el mito del Jogo Bonito. Brasil armó el que es considerado, científicamente y por aclamación popular, el mejor equipo de fútbol jamás ensamblado: cinco «números 10» jugando juntos al mismo tiempo (Pelé, Tostão, Rivelino, Gerson y Jairzinho). No jugaban al fútbol, bailaban sobre el césped.
El Partido del Siglo y el robo final
El torneo estuvo tan bendecido por los dioses del deporte que albergó el llamado «Partido del Siglo»: la semifinal entre Italia y Alemania Occidental. Terminaron 1-1 en los 90 minutos, y en un tiempo extra de pura locura, con el alemán Franz Beckenbauer jugando con la clavícula fracturada y el brazo vendado al pecho, anotaron 5 goles en 30 minutos. Italia ganó 4-3, pero llegó tan exhausta a la final que Brasil los aplastó 4-1.
El gol final de Carlos Alberto, tras una sucesión de pases perfectos a un solo toque que mareó a los italianos, es la obra de arte suprema del fútbol. Brasil ganó la Copa Jules Rimet de forma definitiva al ser tricampeón. Paradójicamente, esa hermosa estatuilla de oro macizo que Pelé levantó llorando en el Estadio Azteca, fue robada años después en Río de Janeiro y fundida por ladrones para vender el oro al peso.
La copa física desapareció, pero la leyenda de México 70 se volvió inmortal.
