Por: Marlene Vega y Álvaro Cruz
En la literatura universal es común que los autores amen profundamente a los personajes que los catapultaron a la riqueza y la fama. Sin embargo, Sir Arthur Conan Doyle es el protagonista de una de las ironías más grandes y divertidas del mundo cultural: sentía un desprecio profundo por su máxima creación.
Sherlock Holmes no solo es el detective más brillante, analítico y famoso que ha existido en la ficción; también fue, durante años, la peor pesadilla personal del hombre que lo inventó.
La sombra del detective y la frustración del autor
A finales del siglo XIX, las aventuras de Holmes publicadas en la revista The Strand causaban un furor incontrolable en Londres y en todo el mundo. La gente hacía largas filas para comprar cada nuevo relato. Conan Doyle se hizo inmensamente rico, pero su espíritu estaba frustrado. Él se consideraba a sí mismo un autor serio, un escritor de novelas históricas rigurosas. Sentía que los cuentos policíacos de Sherlock eran literatura comercial «barata» que le robaban tiempo para escribir las obras que, según él, lo consagrarían para la eternidad.
Cada relato nuevo que le pedían era una tortura. Holmes era tan popular que eclipsaba por completo al propio autor. Cansado de vivir bajo la sombra de su personaje, Conan Doyle tomó una resolución drástica: la única salida era el asesinato.

El fatídico encuentro en las cataratas de Reichenbach
En 1893, Conan Doyle escribió el relato titulado «El problema final». En él, orquestó una batalla épica entre Sherlock Holmes y su archienemigo, el malvado Profesor Moriarty. Ambos cayeron por el abismo mortal de las cataratas de Reichenbach en Suiza, desapareciendo en las aguas turbulentas.
Conan Doyle escribió en su diario personal: «He asesinado a Holmes. Si no lo hubiera hecho, él me habría asesinado a mí». Pensó que finalmente era libre para escribir historia. Estaba completamente equivocado.
El luto, los brazaletes negros y la resurrección obligada
La reacción del público no tuvo precedentes. Más de 20.000 lectores cancelaron furiosos su suscripción a la revista The Strand. Los oficinistas de Londres caminaron por las calles usando brazaletes negros en señal de luto riguroso. El escritor recibió miles de cartas insultantes, e incluso su propia madre, indignada, le retiró la palabra reclamándole por el cruel destino del detective.
Conan Doyle resistió el asedio durante casi una década. Sin embargo, la presión social, sumada a atractivas e inmensas ofertas económicas de los editores estadounidenses que le ofrecían fortunas irrechazables, lo obligaron a doblegarse. En 1903, escribió «La aventura de la casa vacía», donde explicó ingeniosamente que Holmes había fingido su propia muerte.
El genio analítico regresó triunfal, demostrando que cuando un personaje se arraiga profundamente en la cultura, se vuelve inmortal y escapa para siempre del control de su creador.
