Por Marlene Vega y Álvaro Cruz
Cuando pensamos en cocinar, los aceites vegetales suelen estar en el centro de la mesa. Girasol, canola, maíz, soya… parecen opciones “normales”, pero ¿sabemos realmente qué estamos llevando a nuestro cuerpo cada vez que los usamos?
La verdad es que muchos de estos aceites industriales, altamente procesados, han sido diseñados para durar, no para nutrir. Su proceso de extracción involucra altas temperaturas, disolventes químicos y refinamientos que eliminan cualquier rastro natural que pudieron haber tenido. En otras palabras, lo que queda es un lubricante alimenticio que el cuerpo humano no reconoce del todo… ni sabe cómo procesar sin consecuencias.
Diversos estudios científicos ya han advertido que el consumo regular de estos aceites puede estar vinculado con enfermedades inflamatorias, cardiovasculares, trastornos metabólicos e incluso alteraciones en la salud neurológica. El problema no es solo lo que contienen, sino también lo que provocan: un desequilibrio en los ácidos grasos esenciales, acumulación de radicales libres y una carga tóxica que el organismo debe enfrentar día tras día.
¿Y qué decir de los aceites reutilizados? En frituras callejeras, restaurantes y hasta en casas, es común ver cómo el mismo aceite se usa una y otra vez, generando compuestos potencialmente cancerígenos que se adhieren a lo que comemos.

Entonces, ¿qué opciones tenemos?
Volver a lo natural. Usar grasas más estables como el aceite de oliva extra virgen (en frío), el aceite de coco sin refinar, mantequillas orgánicas o incluso la manteca de cerdo. Estos productos, cuando son de buena calidad y usados con moderación, aportan nutrientes, no veneno disfrazado de comida.
Es tiempo de abrir los ojos. Comer es un acto político, biológico y emocional. No todo lo que nos venden como saludable lo es. Y cuando se trata de aceites de cocina, vale más una gota de conciencia que un litro de engaño.
