La inteligencia artificial puede ayudar a identificar patrones y factores de riesgo antes de que una enfermedad produzca síntomas evidentes.
Por: Marlene Vega y Álvaro Cruz
Durante siglos, la medicina aprendió a reconocer las enfermedades cuando el cuerpo comenzaba a hablar. El dolor, la fiebre, la pérdida de peso, la dificultad para respirar, un cambio en la piel, una alteración en la memoria o una fatiga que ya no parecía normal eran señales que llevaban al médico a buscar qué estaba ocurriendo. Incluso los exámenes preventivos, que intentan adelantarse a los síntomas, siguen dependiendo de que exista una prueba capaz de revelar una alteración que los ojos humanos puedan interpretar. La inteligencia artificial está empezando a modificar esa lógica porque puede buscar señales que todavía no forman parte de una enfermedad evidente y relacionarlas con enormes cantidades de información que ningún médico podría comparar mentalmente al mismo tiempo.
La idea no consiste en imaginar una máquina que sepa el futuro ni en convertir un algoritmo en una especie de oráculo médico. Lo verdaderamente interesante es algo más concreto y, al mismo tiempo, mucho más profundo: una enfermedad puede comenzar a modificar el organismo antes de que la persona tenga conciencia de estar enferma. La inteligencia artificial intenta aprender a reconocer esas pequeñas modificaciones cuando todavía están dispersas entre miles de datos aparentemente normales. Puede hacerlo examinando una imagen, un electrocardiograma, una muestra de sangre, los registros médicos acumulados durante años o incluso determinadas características de la respiración durante el sueño. La promesa está en encontrar una señal temprana allí donde, para una mirada convencional, todavía parece no haber nada.
Ese cambio tiene una consecuencia importante para la medicina. Hasta ahora, gran parte de la práctica clínica ha consistido en responder a una pregunta que aparece cuando algo ya está sucediendo: ¿qué enfermedad explica estos síntomas? La inteligencia artificial está intentando añadir otra pregunta: ¿qué patrón está comenzando a aparecer aunque todavía no existan síntomas suficientes para llamar a eso una enfermedad?
El cuerpo empieza a cambiar antes de que nosotros lo sepamos
Una de las razones por las que esta posibilidad resulta tan poderosa es que el organismo no espera a que aparezca el primer síntoma para comenzar a cambiar. Algunas enfermedades atraviesan períodos silenciosos en los que determinados procesos biológicos ya están avanzando, pero todavía no producen una señal suficientemente evidente para que la persona consulte o para que un examen convencional los identifique con facilidad.
El problema es que esas primeras modificaciones pueden ser diminutas. Una variación en el ritmo cardíaco, una determinada configuración de los vasos sanguíneos de la retina, una alteración en la respiración nocturna o la combinación de antecedentes, resultados de laboratorio y diagnósticos aparentemente independientes pueden no significar demasiado cuando se observan por separado. Lo que una inteligencia artificial puede hacer es analizar esas piezas juntas y buscar relaciones que hayan aparecido repetidamente en grandes grupos de pacientes.
La diferencia parece sencilla, pero cambia la manera de entender la prevención. El médico puede observar un dato y preguntarse si tiene importancia. Un algoritmo puede observar millones de combinaciones y descubrir que determinadas combinaciones aparecen con mayor frecuencia en personas que posteriormente desarrollan una enfermedad. Eso no significa que el algoritmo comprenda la enfermedad como lo hace un médico ni que pueda asegurar que una persona enfermará. Significa que puede encontrar patrones estadísticos que merecen ser investigados.
La Administración de Alimentos y Medicamentos de Estados Unidos reconoce precisamente entre las aplicaciones de la inteligencia artificial médica la detección temprana de enfermedades, la evaluación del riesgo, el pronóstico y la identificación de nuevos patrones relacionados con la fisiología humana y la progresión de las enfermedades.
La diferencia entre detectar y predecir, sin embargo, será una de las cuestiones más importantes de esta nueva medicina. Encontrar una lesión que ya existe no es lo mismo que calcular que alguien presenta un riesgo elevado de desarrollar una enfermedad dentro de varios años. Una cosa busca una realidad presente; la otra intenta reconocer una trayectoria.
El corazón puede dejar pistas en un examen que ya conocemos
El electrocardiograma es uno de los mejores ejemplos de cómo la inteligencia artificial puede cambiar el significado de una prueba antigua. Durante décadas, este examen ha permitido registrar la actividad eléctrica del corazón mediante unos pocos minutos de medición. El resultado puede parecer una serie de ondas que un especialista interpreta buscando alteraciones conocidas, pero los algoritmos pueden analizar características mucho más complejas de esa señal.
En 2025, un estudio publicado en Nature presentó un modelo denominado EchoNext, entrenado con más de un millón de registros que relacionaban electrocardiogramas con estudios de imagen cardíaca. El sistema fue diseñado para identificar distintas formas de enfermedad cardíaca estructural y fue evaluado también de manera prospectiva en personas que no habían tenido previamente una imagen del corazón. El estudio encontró que el modelo podía identificar enfermedad cardíaca que todavía no había sido diagnosticada.
Lo extraordinario no está solamente en que una máquina pueda leer un electrocardiograma. La verdadera transformación está en que una prueba relativamente sencilla y extendida podría convertirse en una puerta de entrada para descubrir que algo está ocurriendo en la estructura del corazón y que quizá sea necesario realizar estudios más especializados.
Otro estudio, realizado con más de un millón y medio de electrocardiogramas de más de 244.000 adultos, desarrolló modelos capaces de predecir múltiples diagnósticos cardiovasculares a partir de los registros eléctricos del corazón. El rendimiento fue especialmente elevado para algunas condiciones, aunque varió considerablemente según la enfermedad.
Esto introduce una idea que puede terminar siendo fundamental: quizá en el futuro no siempre necesitemos una prueba nueva para descubrir una enfermedad nueva. En determinados casos, podríamos aprender a extraer información adicional de las pruebas que ya hacemos.

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La retina puede convertirse en una ventana hacia el resto del organismo
Algo parecido ocurre con los ojos, aunque por una razón completamente distinta. La retina contiene una red de vasos sanguíneos que puede observarse directamente mediante imágenes y presenta características relacionadas con procesos que también afectan al sistema vascular. Durante mucho tiempo, los especialistas han utilizado fotografías del fondo de ojo para estudiar enfermedades oculares; ahora la inteligencia artificial está explorando cuánto más puede revelar esa misma imagen.
Un modelo de inteligencia artificial denominado RETFound fue entrenado utilizando alrededor de 1,6 millones de imágenes de retina sin etiquetar. Posteriormente fue adaptado para diferentes tareas y mostró capacidad para detectar enfermedades oculares y contribuir a la predicción de trastornos sistémicos, entre ellos insuficiencia cardíaca e infarto de miocardio.
Una revisión publicada en 2024 analizó precisamente el potencial de utilizar inteligencia artificial sobre fotografías de la retina para anticipar enfermedades que no pertenecen directamente al ojo. La explicación es que la retina permite observar de manera no invasiva estructuras vasculares y características relacionadas con el sistema nervioso central, lo que convierte al fondo de ojo en una fuente de información mucho más amplia de lo que tradicionalmente se pensaba.
La imagen, entonces, deja de ser solamente una fotografía que un oftalmólogo examina para buscar una enfermedad ocular. Puede convertirse en un registro biológico del estado general del organismo. Una máquina entrenada con suficientes imágenes puede aprender a asociar pequeñas características visuales con riesgos que quizá el paciente todavía no percibe.
Pero aquí aparece una de las primeras fronteras que la sociedad tendrá que aprender a manejar. Si una inteligencia artificial observa en una fotografía algo que podría indicar un mayor riesgo de enfermedad cardiovascular, la pregunta ya no es únicamente si el algoritmo tiene razón. También hay que decidir qué significa para esa persona recibir esa información, qué examen debería hacerse después, quién debe comunicarla y qué ocurre si el resultado es incorrecto.
Una noche de sueño puede contener información que nadie está buscando
La investigación más sorprendente quizá no esté en una máquina de hospital, sino en algo tan cotidiano como dormir.
El Parkinson suele reconocerse por síntomas motores como el temblor o la rigidez, pero determinados cambios relacionados con el sueño y otras funciones pueden aparecer antes de que esos signos sean evidentes. Investigadores desarrollaron un sistema de inteligencia artificial capaz de analizar señales respiratorias nocturnas y utilizaron datos de miles de personas para identificar patrones asociados con la enfermedad.
El modelo llegó incluso a ser evaluado con información de personas que todavía no habían recibido un diagnóstico de Parkinson y que posteriormente fueron diagnosticadas. En ese análisis, el sistema identificó como compatibles con Parkinson a una proporción importante de personas años antes de que apareciera el diagnóstico clínico. Los propios investigadores presentaron el resultado como evidencia inicial de que la tecnología podría utilizarse para evaluar riesgo antes del diagnóstico, no como una herramienta definitiva para diagnosticar a cualquier persona que duerma mal.
La importancia de este tipo de investigación está en que obliga a mirar la enfermedad desde otro ángulo. Durante mucho tiempo pensamos que una enfermedad neurológica comenzaba cuando aparecía el síntoma que permitía reconocerla. Ahora los investigadores buscan señales que puedan existir mucho antes, incluso en funciones que el paciente nunca habría relacionado con esa enfermedad.
En el caso del Parkinson, además, investigaciones independientes han encontrado biomarcadores en sangre capaces de distinguir a personas en etapas premotoras hasta siete años antes del comienzo de los síntomas motores. Allí la inteligencia artificial puede convertirse en una herramienta para combinar esos marcadores y aumentar la capacidad de clasificación, pero el hallazgo también demuestra que el futuro de la detección temprana probablemente no dependerá de una sola tecnología, sino de la convergencia entre biología, imágenes, historia clínica y aprendizaje automático.
El expediente médico puede esconder una enfermedad que todavía no tiene nombre
Hay otro lugar donde la inteligencia artificial puede encontrar pistas y que resulta menos espectacular porque no produce imágenes llamativas: el historial médico.
Cada consulta deja información. Una presión arterial registrada años atrás, un resultado de laboratorio, una hospitalización, una alteración metabólica, un diagnóstico aparentemente menor, un medicamento determinado o la frecuencia con que una persona vuelve al sistema de salud forman un rastro. Separados, esos datos pueden parecer irrelevantes. Juntos, quizá dibujen una trayectoria.
Esto está siendo estudiado especialmente en enfermedades que suelen diagnosticarse tarde. En 2025, investigadores desarrollaron un modelo de aprendizaje automático utilizando información de historias clínicas electrónicas para identificar personas con mayor riesgo de desarrollar cáncer de páncreas entre dos años y medio y tres años después de la evaluación. El modelo no estaba diciendo que esas personas ya tuvieran cáncer; estaba intentando encontrar, entre los datos acumulados, una población cuyo riesgo futuro fuera considerablemente mayor que el de la población general.
Otro trabajo publicado ese mismo año utilizó modelos basados en inteligencia artificial para analizar historias clínicas de dos grandes sistemas de salud y mejorar la predicción del cáncer de páncreas. Al excluir información correspondiente a los meses inmediatamente anteriores al diagnóstico, los investigadores comprobaron que el modelo todavía podía encontrar señales asociadas con un riesgo aumentado.
La idea puede parecer fría cuando se expresa como una fórmula estadística, pero detrás existe una posibilidad profundamente humana. Si el sistema de salud pudiera identificar con suficiente precisión a las personas que necesitan una vigilancia diferente antes de que aparezca una enfermedad grave, quizá algunas historias clínicas podrían cambiar de rumbo antes de llegar al diagnóstico tardío.
El desafío consiste en que una predicción no equivale a una sentencia. Una persona que aparece en un grupo de mayor riesgo no necesariamente desarrollará la enfermedad, de la misma manera que una persona clasificada como de bajo riesgo no queda protegida contra ella. La inteligencia artificial trabaja con probabilidades, mientras que cada paciente vive una historia individual.

El verdadero salto no será saber más, sino llegar antes
Por eso la pregunta más interesante no es si la inteligencia artificial puede reemplazar al médico. Esa discusión, aunque frecuente, reduce demasiado el problema. La cuestión realmente importante es si puede ayudar a que el médico llegue antes.
La Organización Mundial de la Salud reconoce que la inteligencia artificial ya está entrando en áreas como el diagnóstico, la vigilancia de enfermedades y la atención clínica, pero insiste en que sus beneficios dependen de sistemas seguros, evidencia suficiente, protección de los datos, supervisión humana y reglas claras sobre responsabilidad.
Ese punto resulta esencial porque detectar algo antes también puede producir daño si se interpreta mal. Una predicción equivocada puede generar ansiedad, exámenes innecesarios, procedimientos invasivos o tratamientos que una persona nunca necesitó. Y un algoritmo que funciona muy bien en el hospital donde fue desarrollado puede comportarse de otra manera cuando se utiliza con otra población, otros equipos médicos, otros hábitos de salud o datos de diferente calidad. La propia OMS ha advertido que los modelos pueden verse afectados por datos incompletos, poco representativos o sesgados.
La medicina preventiva del futuro, por eso, probablemente no será una carrera para encontrar una máquina que adivine quién va a enfermar. Será un proceso mucho más delicado en el que médicos, investigadores y sistemas de inteligencia artificial intentarán distinguir entre una señal que merece atención y una coincidencia que no significa nada.
Y esa diferencia será decisiva, porque cuando una máquina encuentre una enfermedad antes de que el cuerpo la anuncie, todavía quedará la pregunta más difícil: qué hacer con ese conocimiento cuando todavía no sabemos si la enfermedad llegará a convertirse en realidad.

