La desaparición y posterior recuperación de la Mona Lisa marcaron un antes y un después en la historia del arte.
Por: Marlene Vega y Álvaro Cruz
Cada día, miles de personas atraviesan las galerías del Museo del Louvre con un único propósito: detenerse durante unos segundos frente a un pequeño retrato pintado hace más de quinientos años por Leonardo da Vinci. Levantan sus teléfonos, buscan un espacio entre la multitud y regresan a sus países convencidos de haber visto la obra de arte más famosa del planeta. Pocas veces se preguntan cuándo comenzó realmente esa fama. La respuesta no está en el Renacimiento italiano ni en el taller de Leonardo. Comienza cuatro siglos después, en una mañana de verano en París, cuando un espacio vacío en una pared hizo temblar al museo más importante de Francia.
El martes 22 de agosto de 1911, el pintor Louis Béroud llegó al Louvre dispuesto a copiar algunas de las obras expuestas en el Salón Carré, una práctica habitual entre artistas de la época. Conocía bien aquellas salas y sabía exactamente dónde debía encontrar la Mona Lisa. Sin embargo, al acercarse al lugar donde colgaba el retrato, descubrió que solo permanecían el marco de protección y los soportes que lo sujetaban a la pared. Convencido de que la pintura había sido trasladada temporalmente al taller fotográfico del museo, preguntó a uno de los vigilantes cuándo volvería a ser colocada.
La respuesta abrió una de las investigaciones más desconcertantes de la historia del arte. Ningún departamento había solicitado la obra. Ningún restaurador la tenía bajo su custodia. Ningún empleado podía explicar su ausencia. Durante los minutos siguientes, guardianes y funcionarios recorrieron depósitos, laboratorios, pasillos y oficinas con la esperanza de encontrar el cuadro en alguna dependencia del museo. La búsqueda terminó sin éxito y una sospecha comenzó a imponerse sobre cualquier otra explicación posible: la Mona Lisa había desaparecido.

El vacío que desconcertó a Francia
La dirección del Louvre ordenó cerrar inmediatamente el museo mientras la policía iniciaba una inspección completa del edificio. A primera vista, el robo parecía imposible. La pintura había permanecido bajo custodia en el museo nacional más importante de Francia, rodeada de funcionarios, vigilantes y protocolos de seguridad que, para la época, se consideraban suficientes. Nadie entendía cómo una obra de Leonardo da Vinci podía desaparecer sin que existieran testigos, señales de violencia o rastros evidentes de su salida.
A medida que avanzaban las primeras diligencias, los investigadores descubrieron un detalle que cambiaría por completo el rumbo del caso. El robo no se había producido aquella mañana, cuando Louis Béroud encontró el espacio vacío. Todo indicaba que la obra había salido del museo el día anterior, un lunes en el que el Louvre permanecía cerrado al público y solo circulaban empleados, operarios y personas autorizadas para realizar trabajos internos. Aquella revelación reducía el número de posibles sospechosos, pero hacía mucho más inquietante la pregunta central de la investigación: ¿quién conocía tan bien el funcionamiento del museo como para sacar una de sus piezas más valiosas sin despertar ninguna alarma?
Mientras los agentes trataban de responder ese interrogante, la noticia comenzó a extenderse por París con una rapidez inusual. En cuestión de horas, el robo ocupó las portadas de los periódicos franceses y, poco después, las de buena parte del mundo. Sin saberlo, la prensa estaba iniciando un fenómeno que cambiaría para siempre la historia de aquella pintura. Hasta entonces, la Mona Lisa era una obra admirada por especialistas y visitantes del Louvre. Después de su desaparición, comenzó a convertirse en un nombre conocido incluso por personas que nunca habían puesto un pie en un museo.
Un hombre que conocía demasiado bien el Louvre
Mientras la policía francesa interrogaba a empleados del museo, revisaba accesos y recibía decenas de denuncias de supuestos testigos, el verdadero responsable del robo llevaba varios días siguiendo con atención las noticias. Se llamaba Vincenzo Peruggia, era un obrero italiano de treinta años y no era un desconocido para el Louvre. Meses antes había trabajado como instalador de cristales protectores para algunas obras del museo, un empleo que le permitió recorrer pasillos, conocer horarios, identificar accesos y comprender la rutina diaria de vigilantes y funcionarios.
Aquella experiencia resultó decisiva. Peruggia sabía que los lunes el museo permanecía cerrado al público para realizar labores internas y que esa circunstancia reducía considerablemente el movimiento en las galerías. También conocía los corredores de servicio y las puertas utilizadas por el personal. Lo que durante años había sido una información rutinaria terminó convirtiéndose en la pieza fundamental de un plan que, visto en retrospectiva, sorprende más por su sencillez que por su sofisticación.
La investigación posterior permitió reconstruir gran parte de lo ocurrido. En la mañana del lunes 21 de agosto de 1911, Peruggia ingresó al Louvre vestido con la ropa blanca que utilizaban muchos trabajadores del museo. Esperó el momento oportuno, retiró cuidadosamente la pintura de la pared y la trasladó hasta una escalera de servicio donde desmontó el marco y la protección de vidrio para facilitar su transporte. El cuadro, mucho más pequeño de lo que hoy suele imaginarse, podía ocultarse bajo una prenda amplia sin llamar demasiado la atención.
No hubo persecuciones espectaculares ni complicados mecanismos para burlar sofisticados sistemas de seguridad. La mayor fortaleza del ladrón fue aprovechar las debilidades de un museo que jamás había imaginado enfrentarse a un robo de semejante magnitud. Durante años se creyó que la importancia del Louvre bastaba para disuadir a cualquier delincuente. Aquella confianza terminó jugando a favor de quien conocía sus costumbres desde dentro.

Un país entero buscaba respuestas
La desaparición de la Mona Lisa dejó de ser un asunto exclusivo del museo para convertirse en un problema de Estado. El gobierno francés movilizó a la policía judicial, difundió la noticia dentro y fuera del país y reforzó los controles en fronteras, estaciones ferroviarias y puertos con la esperanza de impedir que la obra abandonara Francia. La presión sobre los investigadores aumentaba cada día, alimentada por una prensa que publicaba nuevas hipótesis casi a diario y por una opinión pública incapaz de aceptar que un símbolo nacional hubiera desaparecido sin dejar rastro.
Las teorías comenzaron a multiplicarse con la misma rapidez que la frustración de los investigadores. Algunos periódicos insinuaban la participación de una organización internacional dedicada al tráfico de obras de arte. Otros sostenían que la pintura ya viajaba rumbo a América o a Rusia. Tampoco faltaron quienes atribuyeron el robo a un coleccionista millonario dispuesto a pagar cualquier suma por poseer una obra única e imposible de exhibir públicamente.
La falta de resultados llevó incluso a mirar hacia el ambiente artístico parisino. El poeta Guillaume Apollinaire fue detenido e interrogado, y durante el desarrollo de la investigación también apareció mencionado Pablo Picasso, quien acudió a declarar para aclarar cualquier posible vínculo con el caso. Ninguno de los dos tenía relación con la desaparición del cuadro, pero aquel episodio reflejó hasta qué punto la investigación avanzaba entre sospechas, rumores y callejones sin salida.
Mientras Francia buscaba desesperadamente una explicación, Vincenzo Peruggia permanecía en París con una serenidad difícil de imaginar. La pintura más buscada del mundo no había salido del país. Permanecía oculta en un lugar tan inesperado que nadie pensó en buscarla allí durante más de dos años. Ese detalle convertiría el desenlace de la historia en una de las mayores sorpresas de la investigación y terminaría cambiando para siempre el destino de la Mona Lisa.
El regreso de una obra que ya pertenecía al mundo
Durante más de dos años, la policía francesa siguió una investigación que parecía avanzar en círculos. Cada nueva pista terminaba desvaneciéndose y la desaparición de la Mona Lisa comenzaba a adquirir un aura casi legendaria. Mientras los periódicos mantenían vivo el interés del público, Vincenzo Peruggia guardaba el cuadro en un modesto apartamento de París, oculto dentro de un baúl de madera con doble fondo. La pintura más buscada del planeta permanecía a pocos kilómetros del lugar del que había sido sustraída.
El desenlace llegó a finales de 1913, cuando Peruggia viajó a Florencia y contactó al marchante de arte Alfredo Geri. En la carta que le envió aseguraba que deseaba devolver la obra a Italia porque consideraba que pertenecía a su país de origen y no a Francia. Geri, intrigado por aquella propuesta, organizó un encuentro junto con Giovanni Poggi, director de la Galería de los Uffizi. Bastaron unos minutos de observación para comprender que tenían frente a ellos el auténtico retrato pintado por Leonardo da Vinci.
La policía italiana intervino de inmediato y detuvo a Peruggia. Durante el proceso judicial insistió en que había actuado por patriotismo, convencido de que la pintura había sido llevada injustamente a Francia durante las campañas napoleónicas. La realidad histórica era diferente. Leonardo da Vinci había llevado consigo la obra cuando aceptó la invitación del rey Francisco I para instalarse en Francia, y fue allí donde la pintura pasó a formar parte de las colecciones reales décadas antes del nacimiento de Napoleón. Aun así, buena parte de la opinión pública italiana vio a Peruggia con cierta simpatía y la condena que recibió resultó relativamente breve.
Antes de regresar al Louvre, la Mona Lisa fue exhibida durante algunos días en Florencia, Roma y Milán. Miles de personas acudieron a verla como si se tratara de una heroína nacional que regresaba a casa después de una larga ausencia. Aquellas exposiciones multiplicaron todavía más el interés por una obra que ya ocupaba las portadas de los periódicos de Europa y América.

El día en que nació un mito
Paradójicamente, el mayor beneficiario del robo no fue el ladrón ni los museos que exhibieron temporalmente la pintura. Fue la propia Mona Lisa. Antes de agosto de 1911, los especialistas la reconocían como una de las grandes obras del Renacimiento italiano, admirada por artistas, historiadores y visitantes del Louvre. Después de su desaparición y de su recuperación, el retrato dejó de pertenecer exclusivamente al mundo del arte para instalarse definitivamente en la cultura popular.
La prensa internacional convirtió cada avance de la investigación en un acontecimiento. Los lectores siguieron durante meses las noticias sobre el cuadro desaparecido, los rumores, los sospechosos y la inesperada captura del responsable. Millones de personas que jamás habían oído hablar de la Gioconda comenzaron a reconocer su rostro gracias a los diarios ilustrados. La fama mundial de la pintura nació, en buena medida, de aquella cobertura periodística.
Hoy resulta difícil imaginar un museo sin pensar en la multitud que se reúne frente a la Mona Lisa. Sin embargo, esa condición de icono universal no fue únicamente el resultado del genio de Leonardo da Vinci. También fue consecuencia de un episodio que nadie habría deseado para una obra de arte: un robo que puso en evidencia las debilidades del museo más prestigioso de Francia y que, al mismo tiempo, transformó un retrato renacentista en una de las imágenes más reconocibles de la historia de la humanidad.
Más de un siglo después, millones de visitantes continúan haciendo fila para contemplarla durante apenas unos segundos. Muy pocos recuerdan el nombre de Vincenzo Peruggia. Casi todos recuerdan la sonrisa de la Mona Lisa. Quizá esa sea la mayor ironía de esta historia: el hombre que quiso apropiarse de una obra maestra terminó convirtiéndose, sin proponérselo, en el responsable de su inmortalidad definitiva.
