Por Marlene Vega y Álvaro Cruz
Quien visita por primera vez el litoral Pacífico colombiano suele descubrir que allí el sonido tiene un significado diferente. No es únicamente el rumor constante del mar golpeando las playas de arena oscura ni el incesante murmullo de los ríos que atraviesan una de las regiones con mayor riqueza natural del planeta. Tampoco es el canto de las aves escondidas entre los manglares o la lluvia cayendo con una intensidad que pocas regiones del mundo conocen.
Una música que parece surgir de la propia tierra, mezclarse con el agua y viajar entre las comunidades afrodescendientes que durante siglos aprendieron a convertir el dolor, la esperanza, la alegría y la espiritualidad en cantos que hoy constituyen uno de los patrimonios culturales más valiosos de Colombia.
Mientras otras regiones construyeron su identidad alrededor de las montañas, los llanos o los valles, el Pacífico edificó la suya siguiendo el curso de los ríos. Allí las embarcaciones reemplazan muchas veces a las carreteras y la marimba de chonta ocupa un lugar tan importante como la palabra. En muchas comunidades, los niños aprenden desde muy pequeños que cada celebración tiene un ritmo, cada nacimiento posee un canto especial y cada despedida encuentra consuelo en una melodía transmitida de generación en generación.
Por esa razón, comprender la música del Pacífico colombiano exige mucho más que escuchar un currulao. Significa acercarse a una cultura donde la música nunca fue concebida únicamente como entretenimiento. Desde hace siglos constituye una forma de preservar la memoria colectiva, fortalecer los vínculos familiares, acompañar las labores cotidianas y mantener vivas tradiciones que sobrevivieron a la esclavitud, al aislamiento geográfico y al paso del tiempo.

La herencia africana que encontró un nuevo hogar
La historia de esta música comenzó mucho antes de que existieran los estudios de grabación o las grandes tarimas. Nació con los hombres y mujeres africanos que fueron traídos por la fuerza durante la época colonial para trabajar en las minas de oro y en otras actividades económicas del litoral Pacífico.
Aquellos pueblos llegaron despojados de casi todo, excepto de aquello que nadie podía arrebatarles: su memoria, sus creencias y sus expresiones musicales. En medio de condiciones profundamente adversas conservaron ritmos, formas de cantar y maneras de construir instrumentos que, al mezclarse con elementos indígenas y europeos, dieron origen a una identidad sonora absolutamente única.
Con el paso de los siglos, esa herencia dejó de pertenecer únicamente a los descendientes africanos para convertirse en patrimonio de toda una región. La música comenzó a acompañar cada momento importante de la vida comunitaria. Estaba presente en las celebraciones religiosas, en las faenas de pesca, en las mingas, en los matrimonios y también en los rituales funerarios. No existía una separación entre la vida cotidiana y la música; ambas caminaban juntas.
Quizá por eso resulta imposible entender el folclor del Pacífico únicamente desde la perspectiva artística. Cada ritmo expresa una manera particular de relacionarse con el territorio. Los ríos, los manglares, la selva y el océano dejaron de ser simples escenarios naturales para convertirse en protagonistas de una tradición donde la naturaleza dialoga permanentemente con quienes la habitan.
Ese vínculo tan profundo explica que muchas composiciones hablen del agua, de los árboles, de los animales o del viaje constante entre las poblaciones ribereñas. En el Pacífico, la geografía también canta.

La marimba de chonta: el corazón sonoro del Pacífico
Si existe un instrumento capaz de representar el alma musical del Pacífico colombiano, ese lugar pertenece sin discusión a la marimba de chonta.
Construida artesanalmente con madera de palma de chonta y resonadores elaborados tradicionalmente con guadua, la marimba no es simplemente un instrumento de percusión melódica. Es el eje alrededor del cual gira buena parte de la tradición musical de la región.
Su fabricación requiere conocimientos transmitidos durante generaciones. Los maestros marimberos seleccionan cuidadosamente cada pieza de madera, respetan los ciclos naturales del bosque y afinan cada lámina con una precisión sorprendente. No existen procesos industriales capaces de reemplazar esa experiencia acumulada durante siglos.
Cuando la marimba comienza a sonar, el paisaje parece transformarse. Su timbre cálido y profundo dialoga con el bombo, los cununos y las maracas para crear una atmósfera que resulta inconfundible. Quien ha escuchado una agrupación tradicional interpretar un currulao entiende inmediatamente que está frente a una de las expresiones musicales más auténticas del continente.
No es casualidad que la UNESCO declarara la música de marimba y los cantos tradicionales del Pacífico Sur como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. Más allá de su extraordinaria riqueza musical, representan una manera de entender la vida, la comunidad y la relación con la naturaleza que merece ser protegida para las futuras generaciones.

El currulao: un baile donde también dialoga el alma
Hablar de la música del Pacífico colombiano sin detenerse en el currulao sería como intentar explicar el vallenato sin mencionar el acordeón. Más que un ritmo, el currulao representa la esencia misma de una cultura que encontró en la música una forma de comprender el mundo, celebrar la vida y mantener vivos los lazos comunitarios.
Su origen se remonta a las comunidades afrodescendientes establecidas en el litoral Pacífico durante la época colonial. Allí, los ritmos heredados de África comenzaron a mezclarse con elementos indígenas y europeos hasta dar forma a una expresión artística profundamente original. Con el paso de los siglos, el currulao dejó de ser únicamente una manifestación musical para convertirse en un símbolo de identidad regional.
Quien observa por primera vez una interpretación tradicional puede pensar que se trata simplemente de una danza festiva. Sin embargo, detrás de cada movimiento existe un complejo lenguaje simbólico. El baile representa un diálogo respetuoso entre el hombre y la mujer, un juego de acercamientos y distancias donde el cortejo nunca pierde la elegancia. No hay gestos exagerados ni movimientos improvisados. Cada paso conserva un significado heredado de generaciones anteriores.
La música acompaña esa conversación silenciosa mediante el sonido envolvente de la marimba de chonta, el pulso constante de los bombos, el llamado de los cununos y el inconfundible sonido de las maracas. Ningún instrumento busca sobresalir sobre los demás. Todos dialogan entre sí, construyendo una armonía que refleja la importancia del trabajo colectivo dentro de las comunidades del Pacífico.
Pero el currulao también es una celebración del territorio. Sus melodías evocan los ríos, los manglares, la lluvia, la pesca, las faenas agrícolas y la inmensa biodiversidad de una región donde la naturaleza continúa marcando el ritmo de la vida cotidiana. Cada interpretación recuerda que el ser humano forma parte de un entorno al que debe respeto y gratitud.
Por esa razón, el currulao no puede entenderse únicamente desde la técnica musical. Constituye una expresión viva de la memoria afrocolombiana y una de las manifestaciones culturales más representativas de la identidad nacional.
Los guardianes de una tradición que se negó a desaparecer
Si hoy la música del Pacífico colombiano ocupa un lugar privilegiado dentro del patrimonio cultural del país, es gracias al trabajo silencioso de hombres y mujeres que dedicaron su vida a conservar una tradición transmitida principalmente de forma oral.
Uno de los nombres imprescindibles es Petronio Álvarez, compositor nacido en Buenaventura y autor del inmortal tema Mi Buenaventura. Su obra trascendió el ámbito regional para convertirse en un símbolo de orgullo para todo el litoral Pacífico. Décadas después, el festival que lleva su nombre terminaría consolidándose como el encuentro más importante dedicado a la música tradicional afrocolombiana.
Otra figura fundamental es Leonor González Mina, conocida con justicia como La Negra Grande de Colombia. Su poderosa voz llevó los sonidos del Pacífico a escenarios nacionales e internacionales en una época donde el folclor afrocolombiano apenas comenzaba a recibir el reconocimiento que merecía. Gracias a su trabajo, miles de colombianos descubrieron la riqueza cultural de una región históricamente olvidada.
En esa misma línea sobresale José Antonio Torres, «Gualajo», considerado uno de los más grandes maestros de la marimba de chonta. Su virtuosismo no solo maravilló a músicos e investigadores; también desempeñó un papel decisivo en la preservación de los conocimientos tradicionales relacionados con la construcción, afinación e interpretación de este instrumento ancestral. Muchos de los marimberos contemporáneos reconocen en él a uno de sus principales referentes.
A ellos se suman decenas de cantadoras, constructores de instrumentos, compositores y maestros anónimos que jamás buscaron la fama, pero comprendieron que conservar la tradición era una responsabilidad con las generaciones futuras. Gracias a ese esfuerzo colectivo, los arrullos, los alabaos, los chigualos y el currulao lograron sobrevivir a la modernización, al aislamiento geográfico y a las profundas transformaciones sociales vividas por la región durante el último siglo.

El Festival Petronio Álvarez: la gran fiesta donde el Pacífico le canta al mundo
Cada año, la ciudad de Cali deja de ser únicamente la capital mundial de la salsa para convertirse también en el escenario más importante de la cultura del Pacífico colombiano. Miles de músicos, cocineras tradicionales, artesanos, investigadores y visitantes llegan al Festival de Música del Pacífico Petronio Álvarez para participar en una celebración que hoy trasciende el ámbito artístico.
Lo que comenzó como un concurso musical terminó convirtiéndose en una enorme plataforma para la preservación del patrimonio afrocolombiano. Allí confluyen agrupaciones provenientes de Chocó, Valle del Cauca, Cauca y Nariño, junto a nuevas generaciones de intérpretes que encuentran en este encuentro la oportunidad de mostrar el enorme potencial de una tradición que continúa evolucionando sin perder su esencia.
Más que un festival, el Petronio es una afirmación cultural. Durante varios días la gastronomía, la medicina ancestral, las bebidas tradicionales, la literatura oral y, por supuesto, la música, recuerdan a Colombia que el Pacífico constituye uno de los territorios con mayor riqueza cultural del continente.
Las nuevas voces que están llevando el Pacífico al mundo
Lejos de convertirse en una tradición estática, la música del Pacífico vive uno de los momentos más interesantes de su historia. Una nueva generación de artistas ha demostrado que es posible dialogar con el jazz, la salsa, el pop, el rock o las músicas del mundo sin renunciar a las raíces que dieron origen a estos sonidos.
Agrupaciones como Herencia de Timbiquí han logrado conquistar públicos internacionales incorporando elementos contemporáneos a la tradición del currulao, mientras mantienen intacta la esencia rítmica heredada de sus mayores. Su propuesta ha permitido que miles de jóvenes descubran una música que durante décadas permaneció confinada al ámbito regional.
En el mismo camino sobresalen proyectos como Canalón de Timbiquí, la labor artística de Nidia Góngora, una de las voces más importantes de la actualidad, y numerosos colectivos musicales que trabajan desde las propias comunidades para preservar y renovar el legado del Pacífico.
Estos artistas han comprendido que la mejor manera de proteger una tradición no consiste en encerrarla dentro de un museo, sino en permitir que dialogue con el presente. Gracias a ellos, la marimba de chonta continúa sonando en escenarios de Europa, Norteamérica, Asia y América Latina, llevando consigo la historia de un pueblo que convirtió la música en un acto de resistencia, de memoria y de esperanza.
Hoy, cuando el mundo reconoce la riqueza del folclor del Pacífico colombiano, resulta evidente que su verdadero valor no reside únicamente en la belleza de sus melodías. Su mayor fortaleza consiste en haber preservado, a través de la música, la identidad de comunidades que encontraron en el arte una forma de mantener viva su historia frente al paso del tiempo.

