Por: Marlene Vega y Álvaro Cruz
Si México 86 fue el mundial del éxtasis, Italia 1990 fue el mundial de la agonía. Es recordado unánimemente por los puristas como el campeonato más amargo, defensivo y cínico de la historia, con el promedio de goles más bajo jamás registrado. Pero detrás de ese fútbol rácano y especulativo, Italia 90 escondió una carga emocional abrumadora. Fue el torneo de las lágrimas derramadas, del dolor físico extremo y del fin de una era romántica que nunca más volvería.
El grito de Colombia y la magia efímera
Para Colombia, Italia 90 es una cicatriz hermosa. Significó el regreso a la élite tras casi tres décadas de exilio. Imposible borrar de la piel el minuto 93 en el estadio Giuseppe Meazza; aquel pase milimétrico del Pibe Valderrama y la carrera agónica de Freddy Rincón que culminó colándole el balón por entre las piernas al gigante alemán Bodo Illgner. Ese gol no solo nos clasificó a octavos, sino que nos devolvió el orgullo patrio en una época donde las noticias del país solo hablaban de terrorismo y bombas.

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El tobillo destrozado y el llanto final
Pero el hilo conductor de este torneo fue el sufrimiento. Vimos al camerunés Roger Milla, a sus 38 años, bailar en el banderín del córner desafiando la lógica de la biología. Vimos al italiano Salvatore Schillaci pasar de ser un absoluto desconocido a convertirse en un héroe trágico con los ojos desorbitados.
Sin embargo, la imagen que definió a Italia 90 fue la del ídolo caído. Diego Maradona jugó todo el torneo con un tobillo izquierdo hinchado al tamaño de una toronja, infiltrado con analgésicos que lo hacían llorar de dolor en los vestuarios. Aún cojo, logró llevar a Argentina a la final contra Alemania, un partido sucio, definido por un penal más que dudoso cobrado por Andreas Brehme. Cuando el árbitro mexicano Edgardo Codesal pitó el final, el mundo presenció la imagen que rompió el corazón de millones: Maradona, el dios invencible de cuatro años atrás, llorando desconsoladamente como un niño pequeño con la medalla de subcampeón colgada al cuello. Ese llanto sentenció la muerte del fútbol romántico y el nacimiento de la era de los negocios.
