Por: Marlene Vega y Álvaro Cruz
La historia del origen del rock and roll está llena de rebeldía, pero pocas canciones encarnan el peligro y el morbo del género como «Great Balls of Fire» (Grandes bolas de fuego), el himno de Jerry Lee Lewis de 1957. Conocido como «El Asesino» (The Killer) por la agresividad salvaje con la que aporreaba el piano, la vida de Lewis estuvo marcada por una constante y atormentada dualidad entre lo sagrado y lo profano.
De la iglesia Pentecostal a la cantina de pecadores
Para entender el drama de esta canción, hay que conocer las raíces de Jerry Lee. Nació en Ferriday, Luisiana, en el seno de una familia perteneciente a la estricta iglesia Pentecostal de las Asambleas de Dios. Aprendió a tocar el piano cantando himnos religiosos junto a su primo, quien años más tarde se convertiría en el mundialmente famoso y polémico telepredicador Jimmy Swaggart. Mientras Jimmy eligió el púlpito, Jerry Lee se escapaba por las noches al Haney’s Big House, un club local donde músicos negros tocaban rhythm and blues. Esa mezcla del fervor religioso y el ritmo pecaminoso de la calle fue lo que forjó su estilo inigualable.
El debate teológico que cambió el rock
A mediados de 1957, el legendario productor Sam Phillips (dueño de Sun Records en Memphis y descubridor de Elvis) le entregó a Lewis una canción escrita por el compositor afroamericano Otis Blackwell: «Great Balls of Fire». Había un problema colosal. En la tradición religiosa del sur de EE. UU., la expresión «Grandes bolas de fuego» era sagrada; hacía referencia directa a la manifestación del Espíritu Santo (las lenguas de fuego en Pentecostés).
Cuando Lewis vio que la letra usaba esa frase divina para describir la excitación sexual y la lujuria terrenal por una mujer, colapsó en pánico. Se negó rotundamente a grabarla. Lo que siguió fue uno de los momentos más legendarios (y tensos) en la historia de la música, el cual fue grabado en secreto por los micrófonos del estudio. Sam Phillips se enfrascó en una acalorada discusión bíblica a gritos con Jerry Lee. El cantante afirmaba: «¡Esto es cosa del diablo! Si canto esto, me voy directo al infierno», mientras el productor argumentaba que el talento musical era un regalo de Dios para dar alegría al mundo.

El piano en llamas y la caída en desgracia
Tras horas de gritos y citas bíblicas, la ambición de Lewis venció a su miedo. Se sentó al piano y, como si estuviera exorcizando a sus propios demonios, atacó las teclas con una energía sexual, sudor y furia sin precedentes. La canción vendió un millón de copias en sus primeros 10 días, convirtiéndose en el pináculo del rockabilly.
Sin embargo, muchos dicen que Dios, o el karma, le pasó factura poco después. En la cima de su éxito internacional, la prensa descubrió que Jerry Lee Lewis (de 22 años) se había casado en secreto con su prima hermana, Myra Gale Brown, que apenas tenía 13 años. El escándalo mundial fue monumental, sus giras fueron canceladas, las radios vetaron su música y su carrera se hundió en la infamia durante décadas. Hasta el día de su muerte, «El Asesino» siempre se preguntó si haber tocado aquel piano le había costado el alma.
