Por: Marlene Vega y Álvaro Cruz
Si hay un género musical en Colombia que nació estrictamente de la narrativa pura y de las vivencias reales del campesinado, es el Vallenato tradicional. Mucho antes de los grandes conciertos y de la fusión comercial, el vallenato era el «periódico cantado» de la región Caribe. Y dentro de ese vasto inventario de crónicas hechas canción, existe un lamento fúnebre que, por su crudeza y dolor, se convirtió en la piedra angular del folclor: «Alicia Adorada», la obra cumbre del maestro Juan Manuel Polo Cervantes, inmortalizado como Juancho Polo Valencia.
La partida hacia la Sierra y la pobreza
Corría el año 1938. Juancho Polo Valencia era un juglar bohemio, andariego y entregado al ron, pero profundamente enamorado de su esposa, Alicia Cantillo, una joven de apenas 22 años originaria del corregimiento de Flores de María, en el departamento del Magdalena. Alicia estaba en un avanzado estado de embarazo y la pobreza apremiaba.
Buscando dinero para el parto y para el sustento de su hogar, Juancho Polo tomó su acordeón y emprendió un viaje hacia las estribaciones de la Sierra Nevada de Santa Marta (algunos historiadores dicen que a las bananeras de Fundación) para tocar en parrandas a cambio de unas cuantas monedas. En aquella época no había teléfonos ni carreteras rápidas; las distancias se medían en jornadas de lomo de mula.

El regreso fatal a Flores de María
Mientras el juglar animaba fiestas ajenas, en Flores de María la tragedia se desataba. Alicia Cantillo entró en labores de parto, pero sufrió complicaciones severas (se cree que fue preeclampsia). Sin asistencia médica especializada en aquel recóndito caserío, tanto Alicia como el bebé que llevaba en su vientre fallecieron.
Días después, ajeno a la desgracia, Juancho Polo Valencia regresó a su pueblo. Cuenta la leyenda histórica que, al entrar al caserío, notó el silencio sepulcral de los vecinos. Al llegar a su humilde casa de bahareque, la encontró vacía. Un familiar se le acercó y le dio la noticia devastadora: Alicia había muerto y ya llevaba varios días enterrada en el cementerio local.
Un réquiem sobre la tumba
El dolor de Juancho Polo no encontró consuelo en el llanto común. Loco de desesperación y ahogado en alcohol, tomó su acordeón, se dirigió al pequeño cementerio de Flores de María y se sentó sobre el túmulo de tierra fresca donde reposaba su esposa. Allí, bajo el sol inclemente del Magdalena, desangró su alma improvisando los versos que hoy son patrimonio cultural de la nación:
«Como Dios en la tierra no tiene amigos, / como no tiene amigos anda en el aire. / Tanto le pido y le pido ¡ay! / y siempre me manda mis males». Y el grito desgarrador del coro: «¡Ay! mi Alicia, Alicia adorada / yo te recuerdo en todas mis parrandas».
La canción es un reclamo directo a la divinidad, a la soledad y a la impotencia ante la muerte. «Alicia Adorada» fue grabada posteriormente por Alejo Durán (quien la popularizó a nivel nacional), Carlos Vives y decenas de artistas, convirtiendo el dolor más íntimo de un campesino en el llanto de todo un país.
