Young woman listening music in headphones and posing on a red background. High quality photo
Por: Marlene Vega y Álvaro Cruz
Todos hemos estado allí: suena esa nota específica de un cantante, entra el estruendo de una orquesta, o escuchamos el primer acorde de una canción que marcó nuestra juventud, y de repente, una ola eléctrica nos recorre la nuca, los vellos de los brazos se erizan y un escalofrío placentero nos invade. Coloquialmente le llamamos «piel de gallina», pero en el ámbito científico y de la neurobiología, este fenómeno tiene un nombre mucho más sofisticado: el Frisson musical (del francés frisson, que significa escalofrío estético).
Sin embargo, lo que la mayoría de la gente desconoce es que este clímax emocional no es una respuesta universal. De hecho, es un privilegio neurológico.
Un cerebro «cableado» para la emoción
Estudios recientes liderados por neurocientíficos de la Universidad de Harvard y la Universidad del Sur de California han revelado un dato asombroso: solo entre el 50% y el 70% de la población mundial es capaz de experimentar el frisson.
Al escanear el cerebro de personas que sienten estos escalofríos musicales, los investigadores descubrieron que poseen una estructura neurológica diferente. Estas personas tienen un mayor volumen de fibras nerviosas que conectan la corteza auditiva (donde procesamos el sonido) con la corteza insular anterior (el epicentro de las emociones y el procesamiento de los sentimientos). En palabras sencillas: su cerebro tiene una «autopista» directa y de alta velocidad entre el oído y el corazón. Quienes experimentan el frisson tienen una capacidad de empatía más profunda y viven las emociones de forma mucho más intensa que el resto.
La química del placer y la sorpresa musical
Pero, ¿qué es exactamente lo que detona esta reacción física? El cerebro humano es una máquina de predecir patrones. Cuando escuchamos una melodía, nuestro subconsciente intenta adivinar cuál será la siguiente nota. Cuando una canción nos sorprende —por ejemplo, con un cambio abrupto de volumen, la entrada dramática de un coro, una modulación inesperada de la voz (como los legendarios agudos de Nino Bravo o el vibrato de Celia Cruz)—, el cerebro entra en un micro-estado de «alerta».
Al darse cuenta de que no hay peligro, sino belleza, el cerebro nos recompensa liberando una descarga masiva de dopamina, la misma sustancia química asociada con la euforia, la comida deliciosa o el enamoramiento. Ese «choque» químico es lo que eriza nuestra piel y nos humedece los ojos.

La nostalgia: el ingrediente secreto
A esto se le suma el poderoso factor de la memoria. La música es el único estímulo capaz de activar simultáneamente todas las áreas del cerebro humano, incluyendo el hipocampo, el «disco duro» de nuestros recuerdos. Por eso, en Expresiones Colombia Radio sabemos que los clásicos de antaño son los reyes indiscutibles del frisson. No solo estamos escuchando una buena melodía; estamos viajando en el tiempo. La canción actúa como una llave maestra que abre la bóveda de un primer amor, de un ser querido que ya no está, o de una época más simple.
Un aplauso a la sensibilidad
La próxima vez que esté escuchando la radio y sienta ese cosquilleo recorriendo su espalda, no lo pase por alto. Es su propio cuerpo confirmándole que el arte está haciendo su trabajo, y que usted tiene el maravilloso don de sentir la música en su máxima expresión. En un mundo cada vez más ruidoso y desconectado, tener un cerebro capaz de conmoverse hasta los huesos por una simple sucesión de notas es un verdadero superpoder.
