Por: Marlene Vega y Álvaro Cruz
Si cerramos los ojos y pensamos en la era dorada de la música disco, es imposible no escuchar en nuestra mente himnos inmortales como Daddy Cool, Rasputin o Rivers of Babylon. En la pista de baile, todos los reflectores apuntaban al carismático cuarteto caribeño Boney M, y especialmente a su único integrante masculino, Bobby Farrell, quien deslumbraba al mundo con sus pasos de baile frenéticos y su voz increíblemente grave. Sin embargo, detrás de esos trajes brillantes y discos de platino, se escondía uno de los montajes más audaces y exitosos en la historia de la industria musical: el hombre que veíamos cantar, jamás emitió una sola de esas notas.
El titiritero detrás del telón
Para entender este engaño, hay que viajar a Alemania en 1975 y conocer al verdadero cerebro de la operación: Frank Farian. Este ambicioso productor y cantautor alemán grabó una canción titulada Baby Do You Wanna Bump. En el estudio, Farian hizo un experimento: grabó él mismo una voz masculina extremadamente profunda y, mediante trucos de edición, la mezcló con coros en falsete que también interpretó él. La canción fue un éxito inesperado en Europa, pero surgió un problema grave. Farian, un hombre blanco, tímido y poco carismático, sabía que no tenía la imagen visual adecuada para vender un éxito de música disco en televisión. Necesitaba rostros.
Un casting puramente visual
La solución de Farian fue crear una banda ficticia. Contrató a través de agencias de modelos a cuatro jóvenes caribeños radicados en Europa que tuvieran un aspecto exótico y llamativo. Así llegaron Liz Mitchell, Marcia Barrett, Maizie Williams y el espectacular bailarín de Aruba, Bobby Farrell. El trato era un secreto a voces dentro del estudio: Liz y Marcia sí tenían talento vocal y grabaron las voces femeninas principales. Pero Maizie Williams y, sobre todo, Bobby Farrell, fueron contratados exclusivamente para verse bien frente a las cámaras y hacer mímica (playback).

El silencio de Bobby Farrell
Durante años, el mundo entero creyó que la imponente y varonil voz que retumbaba en Daddy Cool y Ma Baker pertenecía a Farrell. La realidad era que Frank Farian seguía grabando todas las voces masculinas en su estudio secreto en Alemania. Farrell, convertido en un ídolo global, subía a los escenarios de todo el mundo, incluyendo la histórica gira del grupo por la Unión Soviética, moviendo los labios al ritmo de la voz pregrabada de su jefe. Aunque Farrell intentó rebelarse y exigió cantar con su verdadera voz, Farian se negó rotundamente, argumentando que el tono natural del bailarín arruinaría la «magia» comercial del grupo.
El ensayo general para un escándalo mayor
El éxito rotundo de Boney M, que vendió más de 150 millones de discos, le demostró a Frank Farian que el público compraba la imagen visual antes que la autenticidad sonora. Esta peligrosa lección lo llevó a repetir exactamente la misma fórmula, pero a un nivel mucho más descarado, a finales de los años ochenta con el dúo Milli Vanilli. A diferencia de Boney M, el fraude de Milli Vanilli sí fue descubierto en pleno apogeo, lo que terminó en un escándalo monumental y la revocación de sus premios Grammy. Boney M fue, en retrospectiva, el ensayo general del mayor fraude del pop moderno.
Un legado de luces y sombras
Hoy en día, las canciones de Boney M siguen siendo infaltables en cualquier fiesta que celebre los años setenta. La genialidad rítmica de Frank Farian y la energía escénica de Bobby Farrell crearon un fenómeno cultural innegable. Sin embargo, en Sábados de Antaño rasgamos el velo de la nostalgia para recordar que la banda sonora de aquella década no siempre fue tan transparente como parecía, y que el ídolo que nos hizo bailar hasta el amanecer escondía su verdadero talento en los pies, mientras otro le prestaba la voz.
