Cuando una mentira parece verdad: propaganda, política y manipulación
La propaganda cambió sus herramientas, pero conserva una capacidad inquietante: convertir la repetición de una mentira en una apariencia de verdad.
Por: Marlene Vega y Álvaro Cruz
Hay mentiras que desaparecen apenas son pronunciadas porque resultan demasiado absurdas para ser tomadas en serio. Otras encuentran un lugar en la conversación cotidiana, pasan de una persona a otra, aparecen en una noticia, regresan en una publicación de redes sociales, son repetidas por alguien con autoridad y, después de escucharlas muchas veces, comienzan a adquirir una apariencia inquietante de familiaridad. Ya no parecen una afirmación nueva que debería ser comprobada, sino algo que la gente siente que “ha escuchado tantas veces” que probablemente debe tener alguna parte de verdad.
Ese mecanismo resulta mucho más peligroso que una mentira aislada, porque la falsedad deja de depender únicamente de quien la inventó y comienza a sobrevivir por cuenta propia. Cuando una afirmación se instala en la conversación pública, puede terminar influyendo en la manera como las personas interpretan acontecimientos posteriores, seleccionan las noticias que consideran creíbles y juzgan a quienes contradicen aquello que ya han incorporado como cierto.
La historia del siglo XX ofrece uno de los ejemplos más extremos y documentados de este fenómeno. El régimen nazi convirtió la propaganda en una estructura organizada de poder y utilizó la prensa, la radio, el cine, los libros, la educación, el arte y los discursos políticos para construir una determinada visión de la realidad. Después de que Adolf Hitler llegó al poder en 1933, el régimen estableció el Ministerio del Reich para la Ilustración Pública y Propaganda, dirigido por Joseph Goebbels, y comenzó a controlar sistemáticamente los medios de comunicación. La propaganda no funcionaba separada de la censura: mientras unas ideas eran repetidas constantemente, otras eran eliminadas del espacio público.
Aquella experiencia dejó una enseñanza que conserva vigencia mucho después de la desaparición del régimen nazi: la propaganda política no necesita conseguir que una sociedad crea una mentira inmediatamente; puede intentar crear las condiciones para que esa mentira termine pareciendo plausible, familiar o incluso inevitable.
La mentira política no nació con Hitler, pero Hitler entendió su poder
Sería históricamente incorrecto decir que Hitler inventó la propaganda o que la manipulación política comenzó con el nazismo. Gobiernos, monarquías, ejércitos y movimientos políticos habían utilizado propaganda mucho antes de que los nazis llegaran al poder. Lo que hizo el régimen nazi fue llevar la utilización sistemática de los medios modernos de comunicación a una escala extraordinaria y combinarla con censura, persecución, educación ideológica y control estatal.
Hitler ya había reflexionado sobre la propaganda antes de llegar al poder. En Mein Kampf, escrito en 1924 mientras estaba encarcelado después del fallido golpe de Estado de 1923, desarrolló ideas sobre la manera en que debía comunicarse el mensaje político a las masas. El Museo Conmemorativo del Holocausto de Estados Unidos señala que Hitler concebía la propaganda no como un ejercicio destinado a presentar objetivamente todos los lados de una cuestión, sino como una herramienta al servicio de una causa política.
Aquí aparece una diferencia fundamental entre información y propaganda. La información parte de la obligación de aproximarse a los hechos y corregir los errores cuando aparecen. La propaganda parte de un objetivo previo y selecciona, presenta, omite o distorsiona los elementos que pueden ayudar a conseguirlo.
Una mentira propagandística, por tanto, no necesita ser perfecta. Necesita ser funcional.
Puede contener una parte verdadera, combinar hechos reales con interpretaciones falsas, presentar una acusación sin pruebas suficientes o convertir un acontecimiento aislado en una explicación general. También puede utilizar una emoción verdadera para introducir una conclusión falsa. El miedo puede ser real; lo falso puede ser la explicación de quién lo provoca. El desempleo puede existir; lo falso puede ser atribuirlo exclusivamente a un grupo determinado. Una sociedad puede atravesar una crisis; la manipulación comienza cuando alguien convierte esa crisis en una herramienta para señalar un enemigo y ofrecer una explicación deliberadamente simplificada.
La propaganda funciona mejor cuando no parece propaganda
Los nazis comprendieron que un mensaje político no podía depender únicamente de los discursos de Hitler. Tenía que aparecer en distintos lugares de la vida cotidiana hasta formar un ambiente comunicativo en el que las mismas ideas pudieran encontrarse una y otra vez.
Después de 1933, el Ministerio de Propaganda ejerció control sobre periódicos, radio, cine, teatro, música, libros y materiales educativos. Los periodistas recibían instrucciones sobre qué podían publicar y cómo debían presentar determinadas noticias. Los periódicos opositores fueron cerrados y la prensa independiente perdió progresivamente su autonomía. (encyclopedia.ushmm.org)
La radio fue particularmente importante porque permitió que los discursos políticos entraran directamente en los hogares. El régimen impulsó la fabricación y distribución de receptores económicos conocidos como Volksempfänger, y para 1935 se habían vendido aproximadamente 1,5 millones de estos aparatos. Los discursos de Hitler podían escucharse en casas, fábricas y espacios públicos mediante altavoces. (encyclopedia.ushmm.org)
La importancia de aquello no estaba solamente en la cantidad de personas que recibían el mensaje. Estaba en la repetición y en la uniformidad.
Cuando una persona escucha una afirmación una sola vez puede cuestionarla. Cuando la encuentra en un periódico, después en la radio, luego en una película y finalmente en una conversación familiar, comienza a percibir que esa afirmación forma parte del ambiente. La pregunta deja de ser “¿es cierto?” y puede transformarse lentamente en “¿cómo es posible que todos estén diciendo lo mismo y que solamente yo no lo haya entendido?”.
La propaganda había dejado de ser un discurso para convertirse en un entorno.

El poder de repetir una mentira
La psicología contemporánea ha estudiado un fenómeno que ayuda a comprender por qué la repetición puede ser tan eficaz. Se conoce como efecto de verdad ilusoria y describe la tendencia de las personas a considerar más creíbles las afirmaciones que ya han encontrado anteriormente, incluso cuando esas afirmaciones son falsas. La investigación experimental ha mostrado que la repetición puede hacer que una afirmación resulte más fácil de procesar y, precisamente por esa familiaridad, sea percibida como más verdadera. (apa.org)
Esto no significa que una persona vaya a creer automáticamente cualquier mentira que escuche muchas veces. La realidad es mucho más compleja. Las personas tienen conocimientos previos, pueden contrastar información y pueden rechazar afirmaciones que contradicen de manera evidente lo que conocen. Sin embargo, la repetición puede disminuir la sensación de extrañeza que produce una afirmación nueva y hacer que, con el tiempo, resulte más familiar.
La Asociación Estadounidense de Psicología ha advertido precisamente sobre este mecanismo al estudiar la desinformación. Su recomendación es especialmente reveladora: repetir una afirmación falsa sin corregirla puede aumentar su aceptación, por lo que, cuando sea necesario mencionarla para desmentirla, la corrección debe tener mayor protagonismo que la falsedad. (apa.org)
La consecuencia para la política y los medios es enorme. Una mentira no necesita aparecer como una gran mentira. Puede presentarse como una duda, una pregunta, una sospecha, un comentario atribuido a “muchas personas” o una afirmación que se formula con suficiente seguridad como para que quien la escucha sienta que debería conocerla.
El régimen nazi no solamente inventaba historias: fabricaba el contexto donde esas historias parecían posibles
Uno de los aspectos más peligrosos de la propaganda nazi fue su capacidad para construir explicaciones completas alrededor de acontecimientos reales o ficticios. El régimen podía tomar un problema existente, identificar un grupo al que quería convertir en enemigo y presentar ambos elementos como si estuvieran directamente relacionados.
El desempleo, la crisis económica, la derrota alemana en la Primera Guerra Mundial, la inestabilidad política y el resentimiento social eran problemas reales. La propaganda nazi los integró dentro de una narrativa que culpaba a enemigos internos y externos, especialmente a los judíos y a otros grupos que el régimen consideraba enemigos de su proyecto. De esta manera, situaciones complejas podían reducirse a una explicación sencilla: Alemania sufría porque alguien la estaba destruyendo desde dentro.
El Museo del Holocausto explica que la propaganda fue utilizada para presentar a Alemania como víctima de agresiones extranjeras y judías, ocultar objetivos ideológicos del régimen y justificar la guerra y la violencia contra civiles. (encyclopedia.ushmm.org)
Ese mecanismo resulta especialmente eficaz porque no obliga a inventar cada elemento de una historia. Basta con tomar una preocupación existente y proporcionarle un culpable conveniente.
La persona que ya está angustiada por una crisis económica no necesita ser convencida de que la crisis existe. Lo que necesita la propaganda es convencerla de quién tiene la culpa y qué solución debe aceptar.
El enemigo necesita una historia antes de convertirse en enemigo
La propaganda nazi también mostró que la deshumanización no suele aparecer de repente. Antes de que un grupo sea perseguido de manera sistemática, puede producirse un proceso mediante el cual sus integrantes dejan de ser presentados como individuos y comienzan a aparecer como una amenaza colectiva.
Los judíos fueron representados durante años mediante caricaturas, estereotipos y acusaciones conspirativas. La propaganda los presentó como responsables de problemas económicos, políticos y sociales y creó una imagen en la que eran representados como una amenaza para Alemania. Estas campañas ayudaron a preparar un ambiente social en el que medidas de exclusión y persecución podían presentarse como necesarias para “proteger” a la sociedad. (encyclopedia.ushmm.org)
La propaganda no creó por sí sola el antisemitismo europeo, que tenía una historia mucho más antigua. Lo que hizo el régimen fue aprovechar y radicalizar prejuicios existentes, convertirlos en política de Estado y repetirlos a través de una maquinaria comunicativa organizada.
Ese detalle es fundamental porque demuestra que la mentira política encuentra terreno fértil cuando consigue conectarse con un prejuicio, un miedo o una frustración que ya existe.
Una sociedad preocupada puede ser más vulnerable a quien ofrece una explicación rápida. Una sociedad dividida puede ser más susceptible a quien señala un enemigo. Una población que desconfía de las instituciones puede encontrar atractiva una versión que le asegure que finalmente alguien está revelando “lo que nadie quiere contar”.

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Cuando la prensa deja de investigar y comienza a obedecer
La experiencia nazi también permite entender que la propaganda no alcanza su máximo poder simplemente porque existan medios de comunicación favorables al gobierno. Necesita reducir la posibilidad de que existan versiones alternativas capaces de disputar el relato oficial.
Cuando Hitler llegó al poder en 1933, Alemania tenía alrededor de 4.700 periódicos. Los nazis controlaban directamente menos del tres por ciento de ellos. En los meses siguientes, el régimen destruyó la prensa política plural, cerró periódicos de oposición, confiscó imprentas y estableció mecanismos de control sobre los periodistas. (encyclopedia.ushmm.org)
El nuevo sistema estableció incluso requisitos profesionales y políticos para quienes podían ejercer el periodismo. La Cámara de Prensa del Reich mantenía registros y los periodistas recibían instrucciones sobre los temas que podían publicar y la forma en que debían tratarlos. El Ministerio de Propaganda distribuía directrices que llegaban hasta los periódicos regionales y locales. (encyclopedia.ushmm.org)
Eso cambia completamente la naturaleza de la mentira.
Una mentira difundida por una persona puede ser confrontada por otra. Una mentira difundida por un sistema que controla gran parte del espacio informativo encuentra menos obstáculos para convertirse en la versión dominante de la realidad.
Y cuando la versión dominante permanece durante suficiente tiempo, la sociedad puede comenzar a confundir lo que se repite con lo que se ha demostrado.
Esa confusión no terminó con la caída del nazismo. Lo que cambió fueron las herramientas.
Y ahí comienza la segunda parte de esta historia: el momento en que la vieja maquinaria de la propaganda encontró un mundo en el que ya no necesita controlar una sola emisora, un solo periódico o un único aparato estatal para conseguir que millones de personas reciban simultáneamente una misma afirmación.
Cuando una mentira comienza a parecerse a una verdad
La propaganda no desapareció cuando terminó la Segunda Guerra Mundial. Lo que desapareció fue una de sus formas más visibles: aquella maquinaria estatal que podía controlar periódicos, emisoras de radio, cine, libros, escuelas y expresiones culturales desde un centro de poder. El principio, sin embargo, sobrevivió porque no dependía exclusivamente de la tecnología utilizada, sino de una comprensión bastante antigua del comportamiento humano: una afirmación repetida muchas veces puede terminar resultando familiar; una idea asociada de manera constante con miedo o indignación puede adquirir una carga emocional que dificulta examinarla con calma; y una falsedad difundida desde una fuente que una persona considera confiable puede encontrar menos resistencia que la misma falsedad presentada por alguien desconocido.
La diferencia fundamental de nuestro tiempo está en que la propaganda ya no necesita necesariamente un Ministerio de Propaganda, una cadena nacional de radio o una red de periódicos sometidos a una misma autoridad para alcanzar a millones de personas. Puede circular entre ciudadanos, grupos familiares, comunidades digitales, cuentas anónimas, influenciadores, medios de comunicación y plataformas tecnológicas, mezclándose con información verdadera hasta hacer más difícil distinguir dónde termina el hecho y dónde comienza la manipulación. El problema, por eso, ya no consiste únicamente en identificar al propagandista, sino en comprender cómo una sociedad entera puede terminar participando, muchas veces sin saberlo, en la circulación de una información que nadie se detuvo a comprobar.
De la propaganda organizada a la propaganda que circula entre nosotros
El sistema construido por el nazismo permite entender una parte esencial de este problema porque mostró hasta dónde puede llegar un poder político cuando consigue controlar simultáneamente los canales de información y los mecanismos culturales mediante los cuales una sociedad interpreta la realidad. Después de que los nazis llegaron al poder en 1933, Adolf Hitler creó el Ministerio del Reich para la Ilustración Pública y Propaganda, dirigido por Joseph Goebbels, con una función que iba mucho más allá de producir discursos políticos: buscaba asegurar la difusión del mensaje nazi mediante la prensa, la radio, el cine, los libros, la educación, el arte, la música y el teatro. La propaganda no ocupaba un espacio particular dentro de la vida pública; pretendía convertirse en el ambiente comunicativo completo en el que la población recibía e interpretaba los acontecimientos.
Aquella experiencia histórica demuestra que la propaganda resulta especialmente poderosa cuando consigue reducir la posibilidad de contraste. Si una persona escucha una determinada interpretación en la radio, la encuentra en el periódico, la observa representada en una película, la recibe en una publicación escolar y vuelve a encontrarla en un discurso político, la repetición deja de parecer accidental. La idea comienza a adquirir la apariencia de una realidad compartida. El ciudadano no recibe simplemente un mensaje; recibe la impresión de que ese mensaje está presente en todas partes y, por tanto, de que debe corresponder con lo que todo el mundo está viendo.
Hoy la situación es diferente porque existen muchos más emisores y, al menos en buena parte del mundo, no existe un único centro capaz de controlar toda la información. Pero esa multiplicación de voces no garantiza por sí misma que una sociedad esté mejor informada. Puede producir también un fenómeno contrario: tanta información circulando al mismo tiempo que el ciudadano termina utilizando como criterio principal aquello que confirma lo que ya piensa, aquello que provoca una reacción emocional inmediata o aquello que llega recomendado por alguien de su confianza. La autoridad deja entonces de estar únicamente en la institución que publica y comienza a estar también en la persona que comparte.
Ese cambio es decisivo. Una falsedad difundida por un gobierno autoritario podía identificarse como propaganda porque existía una estructura visible detrás del mensaje. En el entorno digital, en cambio, la misma información puede llegar acompañada de la fotografía de un amigo, el comentario de un familiar, el video de una persona que parece conocer el tema o una publicación que utiliza el lenguaje de una noticia. El mensaje puede viajar sin mostrar claramente quién lo originó y, sin embargo, llegar revestido de una confianza que no tendría si apareciera firmado por una fuente desconocida.
La mentira no necesita convencer a todos para producir consecuencias
Durante mucho tiempo se pensó que el éxito de una mentira política consistía en conseguir que una población creyera una afirmación falsa. La realidad de la comunicación contemporánea es más compleja. En determinados casos, ni siquiera es necesario que el ciudadano acepte completamente una falsedad; puede ser suficiente con que la recuerde, la considere posible, dude de la información verdadera o pierda la confianza en cualquier fuente que intente corregirla.
La investigación psicológica ha documentado el llamado efecto de verdad ilusoria, según el cual la repetición puede hacer que una afirmación resulte más familiar y, por esa familiaridad, sea percibida como más verdadera. La Asociación Estadounidense de Psicología ha advertido que la exposición repetida a información falsa puede aumentar la creencia en ella incluso cuando las personas poseen conocimientos previos relacionados con el tema. También señala que la desinformación puede permanecer en la memoria después de que haya sido corregida, lo que hace especialmente importante la manera en que los medios y otras instituciones presentan las rectificaciones.
Esto ayuda a comprender por qué algunas campañas de desinformación no parecen construidas para demostrar una mentira de manera impecable. En ocasiones, su objetivo puede ser instalar una sospecha. Si una persona escucha durante semanas que determinada institución oculta información, que determinada elección estuvo manipulada, que determinado grupo representa una amenaza o que determinada noticia fue fabricada, quizá nunca llegue a aceptar completamente esas afirmaciones. Pero puede comenzar a desconfiar. Y cuando llega el momento de evaluar una información nueva, esa sospecha previa modifica la manera en que interpreta los hechos.
La consecuencia es profunda porque la democracia necesita algo más que ciudadanos con opiniones diferentes: necesita que exista un terreno mínimo de hechos compartidos sobre el cual esas diferencias puedan discutirse. Dos personas pueden interpretar de manera opuesta una política pública y continuar participando de una conversación democrática. El problema aparece cuando dejan de coincidir incluso sobre acontecimientos básicos porque cada una recibe una realidad informativa distinta y considera falsa cualquier fuente que contradiga la narrativa de su propio grupo.
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Las redes sociales cambiaron quién tiene el poder de amplificar una historia
La gran transformación digital no consiste únicamente en que ahora haya más información. Consiste en que cualquier persona puede convertirse en un punto de distribución. Durante décadas, la capacidad de llegar simultáneamente a grandes cantidades de ciudadanos estuvo concentrada en periódicos, emisoras, cadenas de televisión, agencias de noticias y otras instituciones con infraestructura suficiente para producir y distribuir contenidos. Internet comenzó a reducir esa barrera, y las redes sociales terminaron convirtiendo la circulación de información en una actividad cotidiana de millones de personas.
Eso produjo una posibilidad extraordinaria para la comunicación humana, pero también una vulnerabilidad. Una persona puede recibir una información falsa, considerarla verdadera y compartirla con cien contactos. Algunos de ellos pueden volver a compartirla porque confían en quien se las envió. Otros pueden comentarla, discutirla o incluso intentar desmentirla, pero esas respuestas también aumentan la visibilidad de la publicación original. El contenido deja entonces de depender de la intención de quien lo creó y comienza a vivir una segunda vida determinada por las reacciones de quienes lo reciben.
La Asociación Estadounidense de Psicología señala precisamente que las dinámicas de las redes sociales pueden favorecer la circulación de información falsa mediante comunidades cerradas o muy homogéneas, mientras que determinados usuarios pueden adquirir un peso desproporcionado en la distribución de contenidos. También advierte que los contenidos que despiertan miedo, indignación u otras emociones intensas pueden resultar especialmente difíciles de contener.
Aquí aparece una diferencia importante respecto de la propaganda clásica. El propagandista del siglo XX necesitaba controlar o utilizar medios capaces de llevar el mensaje hasta la población. El propagandista contemporáneo puede encontrar una infraestructura de distribución ya construida y utilizarla mediante contenidos diseñados para ser compartidos. La persona que reenvía un mensaje puede no saber quién lo produjo, cuál era su propósito original ni qué modificaciones sufrió durante su recorrido. Sin embargo, su acción contribuye a darle una apariencia adicional de legitimidad porque el mensaje ya no parece provenir únicamente de una cuenta desconocida: parece venir de alguien cercano.
Cuando la polarización convierte la información en una cuestión de identidad
La desinformación encuentra condiciones particularmente favorables cuando una sociedad está profundamente dividida. En un ambiente polarizado, la información deja de ser evaluada solamente por lo que dice y comienza a ser juzgada también por quién la dice y por qué grupo parece beneficiar. Una noticia favorable al propio grupo puede recibir aceptación inmediata, mientras que una noticia desfavorable puede ser descartada antes de comprobarse. La discusión deja entonces de girar alrededor de la evidencia y comienza a girar alrededor de la identidad.
Ese mecanismo no pertenece exclusivamente a una ideología. Puede aparecer en distintos sectores políticos y sociales porque tiene relación con la forma en que las personas protegen sus convicciones y buscan información compatible con ellas. La propia investigación sobre desinformación advierte que el sesgo de confirmación puede hacer que una persona sea menos propensa a verificar una información cuando esta coincide con su visión del mundo.
El problema se vuelve mayor cuando las plataformas digitales permiten que las personas permanezcan expuestas principalmente a contenidos similares a los que ya consumen. La consecuencia no tiene que ser necesariamente que todos terminen creyendo exactamente lo mismo. Puede ser algo más difícil de resolver: que distintos grupos construyan interpretaciones incompatibles de un mismo acontecimiento y consideren que cualquier información procedente del otro grupo es sospechosa por definición.
El Global Risks Report 2025 del World Economic Forum identificó la desinformación y la información errónea como uno de los principales riesgos de corto plazo por segundo año consecutivo y relacionó su crecimiento con la polarización social y el deterioro de la confianza. El informe advierte que el aumento del contenido falso o engañoso hace más difícil distinguir la información verdadera de la falsa y que la polarización puede intensificar ese problema.
La consecuencia más delicada es que una sociedad puede terminar discutiendo interminablemente sobre la interpretación de hechos que ni siquiera ha conseguido establecer de manera común. Cuando eso ocurre, la mentira ya no necesita imponerse como una verdad absoluta. Le basta con competir con la verdad hasta conseguir que una parte de la población deje de confiar en cualquier mecanismo utilizado para distinguirlas.
La inteligencia artificial introduce una dificultad que antes no existía
A esta transformación se suma ahora la inteligencia artificial generativa, que no inventó la propaganda ni la desinformación, pero sí puede reducir considerablemente el costo y el tiempo necesarios para producir contenidos convincentes. Un texto falso puede redactarse en segundos, una imagen puede generarse sin una cámara, una voz puede ser sintetizada y un video puede construirse o manipularse de maneras cada vez más sofisticadas. El problema no consiste solamente en que aparezcan falsificaciones perfectas, sino en que la cantidad de material producido puede crecer mucho más rápido que la capacidad de las personas y de las instituciones para verificarlo.
El World Economic Forum señala que la inteligencia artificial generativa está facilitando la producción y distribución a gran escala de contenidos falsos o engañosos y que cada vez puede resultar más difícil distinguir entre materiales generados por inteligencia artificial y aquellos producidos por seres humanos. El informe también advierte que este fenómeno se desarrolla dentro de un ecosistema ya afectado por la polarización y la pérdida de confianza.
Esto cambia nuevamente la naturaleza del problema. En el pasado, una fotografía manipulada podía requerir conocimientos técnicos, tiempo y recursos. Hoy, una persona con herramientas accesibles puede producir en poco tiempo una imagen que parezca documentar un acontecimiento que nunca ocurrió. Una grabación de voz puede hacer parecer que una persona dijo algo que jamás pronunció. Un video puede mostrar un rostro y una voz con suficiente realismo para que alguien que lo recibe rápidamente no tenga motivos inmediatos para sospechar.
Pero la tecnología no es el único problema. La dificultad mayor aparece cuando una sociedad ya está predispuesta a creer determinada historia. Una falsificación técnicamente imperfecta puede ser suficiente si coincide con algo que el receptor ya esperaba encontrar. La pregunta deja entonces de ser únicamente si una imagen es auténtica y pasa a ser si estamos dispuestos a comprobarla cuando confirma aquello que queremos creer.
La mentira puede esconderse dentro de una verdad
Una de las formas más difíciles de detectar de la manipulación no consiste en inventarlo todo, sino en utilizar un hecho verdadero para conducir al público hacia una conclusión que el hecho por sí mismo no demuestra. Una fotografía puede ser auténtica pero corresponder a otro año. Una declaración puede haber sido pronunciada realmente, pero presentada sin el contexto que explica su significado. Una cifra puede ser verdadera y, al mismo tiempo, utilizada para producir una conclusión engañosa porque se omiten otros datos necesarios para interpretarla.
Ese procedimiento resulta especialmente eficaz porque el receptor encuentra una parte comprobable dentro del mensaje. Cuando descubre que la fotografía existe, que la persona efectivamente pronunció la frase o que el dato estadístico es real, puede asumir que el resto también debe ser cierto. La manipulación no necesita fabricar cada elemento de la historia; puede construir una interpretación engañosa alrededor de elementos verdaderos.
Por eso verificar una información no significa solamente preguntarse si una imagen existe o si una frase fue pronunciada. También significa averiguar cuándo ocurrió, cuál era la situación, qué información fue omitida, qué fuente publicó originalmente el dato y si otras fuentes independientes permiten sostener la misma interpretación. UNESCO considera que la alfabetización mediática e informacional es una herramienta fundamental para desarrollar precisamente estas capacidades críticas frente a la desinformación y frente a los nuevos desafíos introducidos por la inteligencia artificial.
La dificultad consiste en que este proceso exige algo que la velocidad de las redes sociales no favorece: detenerse. Mientras la mentira pide una reacción inmediata, la verificación exige tiempo. Mientras el contenido emocional invita a compartir antes de pensar, la comprobación obliga a preguntar quién lo publicó, de dónde salió, cuándo ocurrió y qué evidencia existe. Esa diferencia de velocidad explica parte de la ventaja que puede adquirir una información falsa antes de que aparezca una corrección.

La sociedad no puede entregar la verdad únicamente a los algoritmos
Frente a este escenario, sería sencillo trasladar toda la responsabilidad a las plataformas digitales, a los medios de comunicación o a las herramientas de inteligencia artificial. Cada uno de esos actores tiene responsabilidades concretas, pero ninguna tecnología puede sustituir completamente la capacidad humana de evaluar información. Incluso una plataforma que elimine millones de contenidos falsos no puede decidir por cada ciudadano qué interpretación debe adoptar sobre cada acontecimiento político, social o cultural.
La responsabilidad de los medios resulta especialmente importante porque una sociedad necesita instituciones capaces de distinguir entre información comprobada, opinión, análisis y propaganda. Un medio serio no debería limitarse a reproducir una afirmación porque está circulando ampliamente; debería buscar su origen, contrastarla y explicar al público qué está comprobado y qué permanece sin confirmar. Cuando un medio reproduce una falsedad sin contexto, incluso para desmentirla, puede contribuir involuntariamente a su circulación, razón por la cual la APA recomienda que las correcciones den mayor protagonismo a la información correcta que a la repetición de la falsedad.
La responsabilidad también alcanza al ciudadano, pero no en el sentido de convertirlo en investigador profesional cada vez que recibe un mensaje. Significa desarrollar hábitos básicos de lectura crítica que permitan reconocer cuándo una información merece ser comprobada antes de ser compartida. Una publicación que utiliza una emoción extrema para provocar una reacción inmediata, atribuye una afirmación extraordinaria a una fuente que no aparece, presenta una imagen sin fecha o pretende demostrar una conclusión enorme mediante un único dato debería despertar más preguntas que certezas.
En ese sentido, la defensa contra la propaganda no consiste en aprender a desconfiar de todo. Desconfiar de todo también destruye la posibilidad de construir conocimiento común. Se trata de aprender a distinguir entre una afirmación respaldada por evidencia y una afirmación que solamente resulta convincente porque ha sido repetida, emocionalmente presentada o compartida por personas conocidas.
El verdadero triunfo de la propaganda ocurre cuando dejamos de buscar la verdad
La historia de la propaganda nazi demuestra que el control de la información puede convertirse en una herramienta de dominación política. La experiencia de las últimas décadas demuestra que la desaparición de ese modelo centralizado no significa que la propaganda haya perdido su capacidad de influir. Lo que cambió fue la arquitectura de su circulación. Antes podía existir una maquinaria que hablaba hacia la sociedad desde arriba; ahora pueden existir millones de pequeños canales que reproducen, transforman y amplifican mensajes en todas las direcciones.
Esa transformación obliga a comprender algo fundamental: una mentira no necesita transformarse literalmente en verdad para producir consecuencias propias de una verdad. Puede bastar con que se vuelva familiar, que encuentre una comunidad dispuesta a defenderla, que aparezca asociada a emociones fuertes, que sea repetida por personas consideradas confiables o que genere suficiente confusión para que la información comprobada pierda autoridad. La investigación sobre el efecto de verdad ilusoria muestra precisamente que la familiaridad producida por la repetición puede aumentar la percepción de veracidad, mientras que los organismos internacionales advierten que la combinación de desinformación, polarización y contenido generado mediante inteligencia artificial está haciendo más complejo el ecosistema informativo.
Por eso la pregunta con la que comenzó esta crónica adquiere una dimensión mucho mayor. ¿Cuándo una mentira comienza a parecerse a una verdad? No existe un instante único en el que se produzca esa transformación. Puede comenzar cuando una afirmación se repite hasta resultar familiar, continuar cuando encuentra una comunidad que la confirma, fortalecerse cuando una emoción sustituye a la comprobación y alcanzar una nueva dimensión cuando imágenes, voces o videos aparentemente auténticos le proporcionan una apariencia documental.
La respuesta tampoco puede consistir simplemente en pedirle a la sociedad que crea en determinada fuente y desconfíe de las demás. El antídoto más sólido contra la propaganda no es sustituir una autoridad por otra, sino recuperar una cultura pública en la que las afirmaciones importantes puedan ser examinadas, contrastadas y discutidas a partir de evidencias. Una sociedad libre necesita ciudadanos capaces de cambiar de opinión cuando aparecen mejores pruebas, medios capaces de reconocer sus errores y autoridades sometidas a preguntas que no puedan responder únicamente apelando a la emoción o a la identidad.
La mentira puede viajar más rápido que una comprobación, pero su velocidad no la convierte en verdad. Lo verdaderamente peligroso comienza cuando una sociedad deja de considerar importante averiguar qué ocurrió y acepta que la repetición, la indignación, la imagen convincente o la confianza en el grupo propio son suficientes para decidir qué es cierto. Allí la propaganda encuentra su territorio más fértil, porque ya no necesita controlar completamente los medios: encuentra ciudadanos que hacen circular el mensaje y, al mismo tiempo, renuncian a comprobarlo.
La defensa de la verdad, entonces, no depende solamente de descubrir quién fabricó una mentira. Depende también de conservar la voluntad colectiva de preguntar, contrastar y corregir. Mientras una sociedad mantenga esa capacidad, ninguna tecnología tendrá por sí sola el poder de convertir una falsedad en un hecho. Cuando esa capacidad se debilita, la mentira puede no necesitar parecer verdadera para comenzar a producir los efectos de una verdad.
