Por: Marlene Vega y Álvaro Cruz
Cuando el siglo XXI apenas comenzaba, el fútbol se preparaba para una de las transformaciones más importantes de su historia. Durante más de setenta años, la Copa Mundial había permanecido dentro de un territorio conocido. Europa y América se alternaban la organización del torneo, concentraban las grandes potencias y monopolizaban los relatos que alimentaban la memoria colectiva del deporte más popular del planeta. Sin embargo, la FIFA decidió que había llegado el momento de mirar hacia otro horizonte.
La elección de Corea del Sur y Japón como sedes del Mundial de 2002 representó una ruptura con el pasado. Por primera vez dos países compartirían la organización de una Copa del Mundo y, por primera vez, el campeonato abandonaría los continentes donde había construido toda su tradición. Aquella decisión no estuvo exenta de controversias. Hubo dudas sobre la logística, interrogantes sobre la respuesta del público y preguntas acerca de si Asia estaba preparada para albergar un evento de semejante magnitud.
La respuesta llegó durante el mes siguiente. Corea y Japón no solo organizaron un Mundial exitoso. Fueron escenario de uno de los campeonatos más sorprendentes, impredecibles e influyentes de la historia moderna. Allí cayeron gigantes que parecían invencibles, nació una de las mayores gestas del fútbol asiático y un delantero brasileño encontró la redención después de atravesar los años más difíciles de su carrera.
Veinte años después, Corea-Japón 2002 sigue siendo recordado como mucho más que una Copa del Mundo. Fue el torneo que confirmó que el fútbol había dejado de pertenecer exclusivamente a unos cuantos países para convertirse en un fenómeno verdaderamente global.

Cuando los favoritos comenzaron a derrumbarse
Los Mundiales suelen construirse alrededor de los favoritos. Las selecciones poderosas llegan respaldadas por la historia, las estadísticas y las expectativas. Corea-Japón 2002 parecía seguir ese mismo libreto.
Francia aterrizó en Asia como campeona del mundo y campeona de Europa. La generación encabezada por Zinedine Zidane, Thierry Henry, Patrick Vieira y Marcel Desailly era considerada una de las más talentosas de su tiempo. Muchos expertos imaginaban a los franceses disputando nuevamente la final. Sin embargo, el fútbol tiene una extraña habilidad para desafiar las certezas.
El 31 de mayo de 2002, en el partido inaugural, Senegal debutó en una Copa Mundial enfrentando precisamente a Francia. La diferencia de experiencia parecía abrumadora. Sin embargo, los africanos jugaron sin complejos, aprovecharon sus oportunidades y consiguieron una victoria por 1-0 que paralizó al mundo futbolístico. Aquella derrota fue mucho más que una sorpresa. Fue el comienzo de una caída histórica.
Francia empató posteriormente con Uruguay y perdió frente a Dinamarca. Cuando terminó la fase de grupos, el campeón vigente estaba eliminado. Más sorprendente aún: no había marcado un solo gol en todo el torneo. La imagen de los franceses abandonando la competición tan temprano se convirtió en uno de los símbolos de aquella Copa del Mundo.
Pero el terremoto apenas comenzaba. Argentina llegaba a Corea y Japón después de haber realizado una brillante eliminatoria sudamericana bajo la dirección de Marcelo Bielsa. Muchos analistas la consideraban incluso más fuerte que Francia. Contaba con figuras como Gabriel Batistuta, Juan Sebastián Verón, Ariel Ortega, Javier Zanetti y Hernán Crespo. El problema fue el sorteo.
Suecia, Inglaterra y Nigeria compartían un grupo tan competitivo que la prensa internacional no tardó en bautizarlo como el “Grupo de la Muerte”. La victoria inicial frente a Nigeria pareció confirmar el favoritismo argentino. Sin embargo, la derrota contra Inglaterra complicó el panorama. El empate frente a Suecia en la última jornada terminó sellando una eliminación tan inesperada como dolorosa.
En cuestión de días, las dos selecciones que muchos imaginaban disputando el título habían desaparecido del campeonato. Aquella situación cambió completamente el desarrollo del Mundial. De repente, el camino estaba abierto para nuevos protagonistas y surgió una pregunta inevitable: si Francia y Argentina podían caer tan pronto, ¿quién sería capaz de conquistar la Copa?

Le puede interesar: El eco aterrador de la inmensidad: La sociología, la culpa y el castigo eterno detrás de la leyenda de El Silbón
Corea del Sur y la aventura que nadie esperaba
Mientras los favoritos acumulaban decepciones, Corea del Sur comenzaba a escribir una historia que trascendería generaciones.
La selección anfitriona no figuraba entre las candidatas al título. Su objetivo inicial era realizar una actuación digna frente a su público. Sin embargo, detrás del equipo existía un trabajo silencioso que llevaba varios años construyéndose. Buena parte de esa transformación tenía nombre propio: Guus Hiddink. El técnico neerlandés había llegado con la misión de modernizar el fútbol surcoreano y preparar a la selección para competir al máximo nivel. Su enfoque combinó disciplina táctica, preparación física y una mentalidad competitiva que transformó profundamente al equipo.
Los resultados comenzaron a reflejarse durante el torneo. Corea avanzó a la segunda ronda por primera vez en su historia y el entusiasmo popular alcanzó niveles extraordinarios. Las imágenes de millones de personas vestidas de rojo siguiendo los partidos en plazas, avenidas y parques dieron la vuelta al mundo. El país entero parecía vivir al ritmo de la selección y cada victoria fortalecía la sensación de que algo extraordinario podía ocurrir.
La clasificación a los octavos de final ya representaba un logro histórico, pero la verdadera prueba apareció cuando Corea del Sur tuvo que enfrentarse a Italia, una de las grandes potencias del fútbol mundial. Los europeos contaban con una tradición inmensa y una plantilla llena de figuras reconocidas internacionalmente. Pocos creían que los anfitriones pudieran superar aquel obstáculo. Sin embargo, los surcoreanos resistieron la presión, llevaron el partido hasta la prórroga y terminaron imponiéndose gracias a un gol de oro que provocó una celebración masiva en todo el país.
La victoria frente a Italia transformó la ilusión en una esperanza real. De repente, la posibilidad de seguir avanzando dejó de parecer una fantasía. Días después llegó España, otro rival acostumbrado a competir en los grandes escenarios internacionales. El encuentro estuvo rodeado de decisiones arbitrales que aún hoy generan controversias y alimentan debates entre aficionados e historiadores del fútbol. Más allá de las discusiones posteriores, la realidad era contundente: Corea del Sur había alcanzado las semifinales de una Copa del Mundo.
Nunca antes una selección asiática había llegado tan lejos en el torneo más importante del planeta. Aunque Alemania terminaría imponiéndose en la siguiente ronda, la campaña surcoreana dejó una huella profunda en la historia del fútbol. Demostró que las selecciones asiáticas podían competir de igual a igual con las potencias tradicionales y modificó para siempre la percepción internacional sobre el nivel futbolístico del continente. Por primera vez, Asia no era simplemente la anfitriona de una Copa del Mundo. Era protagonista de una de sus historias más memorables.

La redención de Ronaldo y el nacimiento de un Mundial global
Si Corea del Sur protagonizó la sorpresa del campeonato, Ronaldo Nazário se convirtió en el símbolo humano de aquel torneo.
En 1998, Ronaldo había llegado al Mundial de Francia convertido en la gran estrella del fútbol mundial. Tenía apenas 21 años y muchos lo consideraban el heredero natural de Pelé y Maradona. Sin embargo, la final contra Francia quedó marcada por el misterioso episodio médico sufrido horas antes del partido y por una derrota que generó preguntas durante años.
Después llegaron las lesiones más difíciles de su carrera. Entre 1999 y 2000 sufrió graves problemas en sus rodillas que obligaron a múltiples intervenciones quirúrgicas. Durante largos periodos estuvo alejado de las canchas y algunos especialistas llegaron a dudar que pudiera volver a competir al máximo nivel.
Por eso, cuando llegó a Corea y Japón, la expectativa era enorme. Nadie sabía con certeza cuál sería su rendimiento. La respuesta comenzó a aparecer desde los primeros partidos. Ronaldo marcó contra Turquía, China, Costa Rica y Bélgica. Volvió a anotar frente a Turquía en semifinales y condujo a Brasil hacia una nueva final mundialista. Con cada actuación parecía recuperar el lugar que las lesiones le habían arrebatado.
Brasil avanzaba con paso firme y reunía una generación extraordinaria integrada por Rivaldo, Ronaldinho, Cafú, Roberto Carlos y Gilberto Silva. Sin embargo, el gran protagonista era el delantero que había regresado desde las sombras. La final disputada el 30 de junio en Yokohama enfrentó a Brasil y Alemania, dos gigantes históricos que nunca antes se habían cruzado en un partido decisivo de una Copa del Mundo.
Los alemanes llegaban respaldados por las actuaciones extraordinarias de Oliver Kahn, probablemente el mejor arquero del torneo. Durante buena parte del encuentro, el guardameta mantuvo vivas las esperanzas europeas. Sin embargo, en el minuto 67 un remate de Rivaldo terminó escapándose de sus manos y Ronaldo aprovechó el rebote para abrir el marcador. Doce minutos más tarde volvió a aparecer dentro del área y estableció el 2-0 definitivo.
Brasil era campeón del mundo por quinta vez. Ronaldo terminaba el torneo con ocho goles y se convertía en el máximo anotador de la competición. La imagen del delantero levantando la Copa quedó grabada para siempre en la memoria colectiva del fútbol. Representaba mucho más que una victoria deportiva. Era la culminación de una historia de resistencia, recuperación y superación personal.
Pero Corea-Japón 2002 dejó un legado todavía más amplio. Demostró que el fútbol podía expandirse con éxito hacia nuevas regiones, confirmó la importancia estratégica de Asia para el crecimiento global del deporte y consolidó una visión verdaderamente internacional de la Copa Mundial. Cuando el torneo terminó, Brasil celebraba el pentacampeonato y Ronaldo recuperaba su lugar entre los grandes nombres de la historia. Sin embargo, el principal vencedor fue el propio fútbol. Después de Corea y Japón, la Copa del Mundo ya no podía entenderse únicamente desde Europa o América. Había comenzado una nueva era.
Ficha del Mundial
Sedes: Corea del Sur y Japón
Fechas: 31 de mayo al 30 de junio de 2002
Campeón: Brasil
Subcampeón: Alemania
Tercer lugar: Turquía
Cuarto lugar: Corea del Sur
Máximo goleador: Ronaldo (8 goles)
Selecciones participantes: 32
Partidos disputados: 64
Goles anotados: 161
