Por: Marlene Vega, Álvaro Cruz
Hay lutos que no se lloran en silencio, sino a golpe de tambor. La tierra del Río Magdalena, el sol abrasador del Caribe y las gaitas ancestrales amanecieron huérfanas. A los 85 años, en Celaya, México, y debido a una falla cardíaca, Sonia Bazanta Vides —inmortalizada en la memoria del universo como Totó la Momposina— ha emprendido su viaje definitivo hacia la eternidad. Su partida no es simplemente el adiós a una intérprete; es la caída de un roble centenario de nuestra identidad. Totó no cantaba canciones, Totó oficiaba liturgias. Ella era la memoria viva, la sangre, el sudor y la resistencia de nuestros ancestros afrodescendientes e indígenas.
En los estudios de Sábados de Antaño y en toda la sala de redacción de Expresiones Colombia Radio, recibimos esta noticia con el alma fracturada. Sin embargo, nuestra tristeza está blindada por un orgullo inmenso y una convicción inquebrantable: su bandera rítmica jamás dejará de ondear en nuestros micrófonos.

La antropóloga de los pies descalzos y la huida a la capital
Para dimensionar la verdadera proeza de Totó, es obligatorio viajar a las calles de polvo y río de Talaigua Nuevo (Bolívar), donde nació en 1940 en el seno de una familia de músicos y zapateros. Su infancia fue un mapa sonoro del Caribe, pero la cruda época de La Violencia bipartidista obligó a su familia a huir hacia el frío asfalto de Bogotá. Lejos de asimilarse y olvidar sus raíces, su madre fundó un grupo de danzas folclóricas en la capital. Ese fue el crisol donde se forjó el carácter de la reina.
Mientras la industria musical colombiana de los años 60 y 70 se arrodillaba ante los ritmos extranjeros o el formato comercial de las grandes orquestas, Totó emprendió un viaje heroico a contracorriente. Se convirtió en una antropóloga sin título académico. Viajó de pueblo en pueblo, por las riberas del Magdalena, sentándose con las viejas «cantadoras», aprendiendo los secretos casi extintos de los cantos de zafra, la chalupa, el garabato, el mapalé y el bullerengue. Totó se echó al hombro la titánica tarea de rescatar un patrimonio que el país, en su afán de modernidad, estaba a punto de dejar morir.

Del metro de París al invierno del Premio Nobel
Su camino hacia la consagración no fue fácil; el folclor puro no era negocio para las disqueras locales. A finales de los 70, Totó viajó a Europa y terminó cantando en las oscuras y gélidas estaciones del metro de París para sobrevivir, mientras estudiaba historia de la danza en la Universidad de La Sorbona.
Pero la historia le tenía reservado un escenario monumental. En el invierno de 1982, Estocolmo presenció un milagro cultural. Cuando Gabriel García Márquez subió a recibir el Premio Nobel de Literatura, exigió que su Macondo literario tuviera una banda sonora real. Totó la Momposina y sus tamboreros irrumpieron en la solemne y aristocrática ceremonia europea. Con su turbante majestuoso, su vestido colorido y una voz que parecía rasgar el cielo sueco, Totó rompió el estricto protocolo de la nobleza, haciendo que el mundo entero entendiera de qué barro estábamos hechos los colombianos. Ese día, la cumbia conquistó la tierra.

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La Candela Viva y el estandarte de Sábados de Antaño
El mundo comprendió su valor mucho antes que su propia patria. Fue el legendario músico británico Peter Gabriel quien la fichó para su sello Real World Records, produciendo en 1993 el álbum «La Candela Viva». Ese disco fue un sismo global. Canciones como El Pescador, Prende la vela y Aguacero de Mayo se convirtieron en himnos de resistencia. En 2013, la Academia le otorgó el Grammy Latino a la Excelencia Musical, reconociendo que sin ella, las modernas fusiones de la música urbana y electrónica con el folclor simplemente no existirían.
En 2022, las crueles limitaciones de una afasia la bajaron de los escenarios, pero su leyenda ya era invulnerable. Desde el primer día que Sábados de Antaño encendió sus transmisores, la voz de Totó la Momposina ha sido un faro innegociable en nuestra curaduría. Hemos defendido su obra a capa y espada, entendiéndola como el antídoto perfecto contra la música plástica y desechable de nuestro tiempo.
Hoy, ante la inmensidad de su partida física, la familia de Expresiones Colombia Radio hace un juramento solemne sobre sus propios equipos de transmisión: el tambor alegre, el llamador y la gaita de Totó seguirán repicando en cada una de nuestras emisiones. Seguiremos siendo el parlante fiel de su obra, la casa eterna de su cumbia y los guardianes absolutos de su memoria.
Buen viaje a la maestra, a la investigadora, a la eterna cantadora. Se ha apagado su voz terrenal, pero la candela viva de su legado quemará en nuestra sangre para siempre.
