Por: Marlene Vega y Álvaro Cruz
La historia del rock y de la música contemporánea suele ser injusta con los genios que operan desde la sombra. Cuando hablamos de The Beatles o del inmenso éxito solista de George Harrison, los aplausos se dirigen casi exclusivamente a los chicos de Liverpool. Sin embargo, existe un eslabón perdido, un tecladista prodigio que no solo salvó a la banda más grande del mundo de separarse antes de tiempo, sino que fue la pieza clave en la creación del mayor himno espiritual de la década de 1970: el inigualable Billy Preston.
Esta es la crónica de un músico tocado por la divinidad y la historia real detrás del monumental éxito «My Sweet Lord».
El niño prodigio y el único «Quinto Beatle» oficial
Billy Preston no era un músico de sesión cualquiera; era una fuerza de la naturaleza. A los 10 años ya tocaba el órgano para la reina del góspel Mahalia Jackson, y a los 16 formaba parte de la banda de Little Richard. Fue justamente en una gira por Europa con Little Richard, en 1962, donde Preston conoció en Hamburgo a unos jovencísimos y desconocidos The Beatles.
Años más tarde, en 1969, The Beatles estaban grabando el álbum Let It Be. El ambiente en el estudio era tóxico, lleno de gritos, egos y disputas a punto de disolver la agrupación. George Harrison, recordando a su viejo amigo, invitó a Billy Preston al estudio. Su llegada fue un milagro. Su inmenso talento en el teclado Rhodes y su personalidad amable obligaron a John, Paul, George y Ringo a comportarse profesionalmente. Su contribución fue tan vital que el legendario sencillo «Get Back» fue acreditado oficialmente como The Beatles with Billy Preston, convirtiéndolo en el único músico en toda la historia en compartir un crédito oficial en un disco de la banda.

El nacimiento de una plegaria universal
Tras la separación inminente de The Beatles, George Harrison encontró en Preston a su alma gemela musical y espiritual. A finales de 1969, mientras Harrison estaba de gira en Europa, comenzó a componer «My Sweet Lord». Su objetivo era monumental: quería crear una canción que uniera las religiones del mundo. Para lograrlo, fusionó magistralmente la alabanza judeocristiana («Hallelujah») con el mantra hindú («Hare Krishna»), construyendo una escalera ascendente de acordes hipnóticos.
El secreto musical: Billy Preston la grabó primero
Lo que la inmensa mayoría del público desconoce es que George Harrison no fue el primer artista en lanzar «My Sweet Lord». Harrison, dudando de su propia capacidad vocal y enfocado en su rol de productor, le regaló la canción a Billy Preston.
En septiembre de 1970, Preston lanzó su álbum Encouraging Words (producido por el propio Harrison), el cual incluía la primera versión oficial de «My Sweet Lord». La interpretación de Preston era un derroche de góspel puro, con un órgano Hammond ardiente y coros llenos de éxtasis espiritual. Aunque fue una obra maestra, la versión de Preston tuvo un éxito moderado en las radios.
Harrison, convencido del poder del tema, decidió grabarlo él mismo dos meses después para su monumental álbum triple All Things Must Pass. Con la famosa técnica de producción «Muro de Sonido» de Phil Spector y las guitarras acústicas en cascada, la versión de Harrison se convirtió en el sencillo más vendido de 1971 a nivel global, aplastando los récords de cualquier otro ex-Beatle.
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El plagio subconsciente y el final de la historia
El inmenso éxito de «My Sweet Lord» le trajo a Harrison una de las peores pesadillas legales de la industria musical. Fue demandado por plagio por la editora de la canción «He’s So Fine», un éxito de 1963 del grupo femenino The Chiffons. La similitud en los acordes era innegable. El juez emitió un fallo histórico: determinó que Harrison no copió la canción deliberadamente, pero lo condenó por «plagio subconsciente», obligándolo a pagar una suma millonaria.
Mientras Harrison lidiaba con los tribunales, Billy Preston continuó su carrera estelar. Tocó con The Rolling Stones, Eric Clapton y Ray Charles, consolidándose como el mejor tecladista de su generación. Preston y Harrison mantuvieron su profunda amistad hasta el final. En el legendario Concierto para George (celebrado en 2002 tras la muerte de Harrison), un ya enfermo Billy Preston se sentó al órgano y entregó una interpretación de «My Sweet Lord» tan poderosa y conmovedora que arrancó lágrimas a Paul McCartney y Ringo Starr.
Preston falleció en 2006, pero su órgano Hammond sigue vibrando en el corazón de la bohemia mundial. Fue el hombre que se codeó con los dioses del rock y, con una sonrisa, les enseñó a tocar el cielo.
