Por: Marlene Vega y Álvaro Cruz
En las escarpadas montañas del norte del Cauca y la mítica región de Tierradentro, late el corazón de uno de los pueblos originarios más organizados, dignos y golpeados de Colombia: la nación Nasa. Autodenominados «hijos del agua y de las estrellas», los Nasa han tejido una historia de supervivencia que desafía toda lógica. Durante más de quinientos años han resistido la invasión colonial, el latifundismo y el fuego cruzado de un conflicto armado interminable. Sin embargo, su herida más profunda y constante ha sido la sistemática marginación, el incumplimiento y la violencia ejercida, por acción u omisión, por el propio Estado colombiano.
La tierra como madre y el despertar de la conciencia
Para entender la lucha de este pueblo, hay que comprender su cosmovisión: la tierra (Uma Kiwe) no es un recurso que se compra o se vende, es la madre que da la vida. A principios del siglo XX, cuando los terratenientes caucanos arrebataron casi la totalidad de sus territorios ancestrales amparados por leyes estatales injustas, surgió la figura monumental de Manuel Quintín Lame. Este líder indígena inició un movimiento pacífico y jurídico para exigir la recuperación de los resguardos, negándose a pagar terraje (trabajar gratuitamente para el hacendado a cambio de un pedazo de tierra). La respuesta del Estado fue la persecución, el encarcelamiento y la estigmatización de su justa causa.
La Masacre del Nilo: la mancha imborrable del Estado
El momento que fracturó para siempre la confianza entre los Nasa y las instituciones ocurrió el 16 de diciembre de 1991. En la hacienda El Nilo, municipio de Caloto, veinte indígenas que adelantaban un proceso pacífico de recuperación de tierras fueron masacrados a sangre fría. Lo más desgarrador de este crimen no fue solo la barbarie de los sicarios contratados por los terratenientes, sino la comprobada complicidad de la Policía Nacional. La Corte Interamericana de Derechos Humanos condenó al Estado colombiano por su participación directa en la masacre y por la posterior impunidad. Aunque el Gobierno prometió entregar tierras a modo de reparación, décadas después, gran parte de esos acuerdos siguen siendo papel mojado.

El fuego cruzado y el abandono institucional
Ser indígena Nasa en el Cauca es vivir en un estado de zozobra perpetua. Sus territorios han sido convertidos en un tablero de guerra estratégico para el narcotráfico, disputado por guerrillas, paramilitares y bandas criminales. Ante este derramamiento de sangre, la respuesta histórica del Estado ha sido la militarización, una estrategia que muchas veces solo intensifica la violencia en lugar de proteger a la población civil. Líderes espirituales (Thë’ walas), gobernadores de cabildos y comuneros son asesinados sistemáticamente ante la mirada impotente o indiferente de un aparato estatal que llega tarde a investigar y rara vez a prevenir.
La Guardia Indígena: el poder de la paz y el bastón de mando
Frente a la inoperancia institucional y el rugir de los fusiles, el pueblo Nasa creó una de las herramientas de construcción de paz más hermosas y efectivas del mundo: la Guardia Indígena (Kiwe Thegnas). Hombres, mujeres, ancianos y niños que patrullan sus montañas armados únicamente con un bastón de mando (símbolo de autoridad espiritual) y un radio de comunicación. Con una valentía admirable, la Guardia ha logrado desmantelar retenes armados, liberar secuestrados y expulsar tanto a grupos ilegales como a ejércitos regulares de sus territorios sagrados, demostrando que la verdadera fuerza radica en la unidad y no en la pólvora.

Una minga por la dignidad de Colombia
La resiliencia de los Nasa es un faro moral para el país. Cuando marchan en la Minga hacia Bogotá, no solo caminan para exigir que el Estado respete los derechos a la salud, la educación y la tierra que les fueron arrebatados; marchan para recordarnos que un país que masacra y olvida a sus raíces está condenado al fracaso. Leer su historia en Expresiones Colombia Radio es un acto de memoria necesario. Nos invita a reconocer que la paz total nunca será posible mientras el Estado siga en deuda con los hijos del agua y de las estrellas.
